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DE ANTAÑO A HOGAÑO N O V E L A DE D O X JUAN J O S É L 0 7 A N 0 I L U S T R A C I O N E S DE REGIDOR DEL r E R l- A M E N LITERARIO DE dBI. ANCO V N E G R O (Condu- íión) IV li fos dos granaderos eran un par dé mocetones de cuidado, pero bien seguro estaba yo de mis puños, y por las trazas, Manuel tampoco debía ser flojo. De todos modos yo estaba dispuesto á jugar la partida, y como desde el Parque á la calle Ancha de San Bernardo no hay gran trecho, en cuanto salimos procuró aprovechar los instantes, acabando de granjearme la confianza de los dos esbirros, que con lo que habían visto y oído no necesitaban ya gran cosa para otorgar mela. -Ya os habrá dicho el sargento Oharpentier- -comencé diciendo. -Sí- -me interrumpió en buen español uno de los granaderos, -que hay que trker al coronel un encargo tuyo. -Por supuesto; pero no me reñero á eso. ¿Pues luego? -Quiero decir, que ese tuno á quien llevamos es un pájaro de cuenta y hay que tener cien ojos. Ja, jal Va bien seguro. -Sin embargo, creo que no le habéis amarrado muy bien. -Lo que han atado estas manos no lo desatarán las jlicó el soldado. pero las piernas las lleva ente res, y según el capitán Mauri de saltar á un tejado, á pesar jto de carcamal. No lo intentará al alcance de acaso, no estaría de más ponerI da en los pies, á guisa de trabas, potros, aun á trueque de ir más lorque si ese maula nos juega jsotros ni á mí nos quedarían) ntarlo. qní no tenemos cuerdas- -obserdero, que por lo visto iba tomanmi consejo. nos entonces en la calle Ancha, use en ella los pies, ya distinguí le Manuel, encapuchado en su ando muy pausadamente, cerca nto Domingo la Nueva. í no tenemos cuerda- -contesté 1 ro en tono zumbón, -aquel frai I le dar alguna, ¿no te parece? y -x siempre es divertido dar un susto á un cogulla. Ambos soldados mostraron con su sonrisa que les hacía gracia mi ocurrencia, con lo que adelantándome unos pasos comencé á llamar á Manuel diciendo; Éh! lehl padre, aguarde un poco, por amor de Dios, que aquí hacen falta sus bendiciones. Paró Manuel su paso en la entrada misma de la angosta calleja de Santo Domingo la Nueya, en donde acelerando el paso nos reunimos con él en el preciso momento que una patrulla se acercó, pasando de largo, sin decir palabra al fraile, suponiendo que era por nosotros detenido. Así reunidos, no quise que en tan expuesto lugar estuviéramos, y siguiendo adelante por la obscura y estrecha callejuela, me pareció bien entretener un rato para que la patrulla se alejase, y así empecé diciendo: -Nosotros, pecadores, reverendo padre, estamos en grave aprieto, del que, su paternidad puede sacarnos. Diga, hermano, en qué puede prestarles ayudaeste humilde religioso, -me contestó Manuel.