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A uno y á otro, al pintor y al estadista, los llamaron cien veces hombres fríos los gárrulos adoradores de los chafarrinones. iHombre de hielo Pi y Margalll Hay en esto un error fisiológico muy explicable. El hombre ignorante que viera un lingote de metal encendido al rojo blanco, fácilmente podría confundirlo con un pedazo de hielo. Si para cerciorarse lo palpaba, aún se confirmaría más en su error, porque el metal candente no quema, sino que hiela los dedos al secarlos y destruirlos. Eso pasaba con el mal estudiado y poco reverenciado espíritu de Pi y Margall. Española de pura raza era su alma: una llama de amor viva, como las almas de los místicos, toda ella buena y pura; pura no como la nieve, que presto se ensucia, sino como P I Y MARGALL EN 1873 el fuego, que todo lo purifica; y como la P R E S I D E N T E DE LA R E P Ú B L I C A llama, siempre lanzándose hacia lo alto. Mucho se ha dicho de la influencia que en Pi y Margall tuvieron los filósofos alemanes y los economistas y políticos franceses; poco se ha hablado de su trato íntimo, de su convivir constante con el P. Mariana, nuestro glorioso historiador, nuestro gran político, nuestro incomparable prosista; casi nada se ha escrito de las raíces hondamente castizas del pensamiento de Pi y Margall, continuador de los platónicos españoles, y digno imitador del propio Platón en los admirables diálogos de Las luchas de nuestros días. U L T I M O R E T R A T O D E D F R A N C I S C O PI Y M A R G A L L F O T MEDIAVILLA Y GALLO Tampoco se ha dicho todo lo debido, ni éste es lugar adecuado para ello, de su incomparable estudio sobre el carácter de Don Juan Tenorio, piedra angular de la crítica moderna, en nuestra opinión humildísima. El D. Francisco Pi y Margall ministro de la Gobernación lo ha retratado con deliciosa y muy artística frescura Luis Tabeada en el mejor capítulo de sus Memorias. El Pi y Margall del Parlamento está retratado con cuatro sobrios, pero firmísimos rasgos, por Blasco Ibáfiez, al final de su novela Entre naranjos. EL ENTIERRO A N T E LA P U E R T A D E L C O N G R E S O Algunas veces vimos al pulquérrimo anciano paseándose por el Retiro; tal vez sentábase en un banco próximo al estanque, y con verdadero deleite se bebía un gran vaso de agua clara. Lo bebía despacio, á sorbos pequeños, recreándose en mirar el líquido transparente, imagen de una vida noble y honradísima consagrada á las ideas más altas, que son siempre las irrealizables, y al bien del prójimo, que tantas veces también parece una utopia. ENE EL BNTIER O E N LA CALLE D E A t C A L l F O T ABENJO