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SILUETAS DE ANTAÑO LA ANTÍTESIS DE UN APELLIDO mk n movimiento estaba perfectamente combinado y sabiamente dispuesto, con aquel arte que i la U S I Y primera mitad de este siglo supimos llevar á la perfección los españoles, hasta el punto de htiDei aclimatado en los extranjeros diccionarios la palabra ipronunciamiento De antemano hablase creado atmósfera propicia á la asonada, presentando á Isabel I I y á su regia hermana en el interior de Palacio poco menos que como si gimieran en los Plomos de Venecia y agobiadas por el peso de una educación hasta anticatólica. Baste saber el nombre de su maestro para comprender lo absurdo de la especie: el gran poeta Quintana. Así, cuando los soldados del regimiento de la Princesa, acuartelados en el hoy del Conde Duque, oyeron la proposición de ir á libertar á la reina, una voz unánime de entusiasmo decisivo respondió al general Concha, que fué el que arengó á la tropa en el amplio patio del edificio. Acaecía la escena de noche. Poco después, amparados por la sombra los revoltosos, y contando con la aquiescencia de la guardia exterior, se precipitaban por la escalera principal del alcázar. Figuraban en la intentona política los militares más ilustres, nombres todos cubiertos antes y después de gloria al servicio de la patria: Concha, que veetía de paisano, Pezuela, León, Eequena, Quiroga, Marchesi, Nouvilas, Fulgosio, Norzagaray Pero en todo habían pensado los asaltantes menos en la guardia interior de Palacio, bien que no la constituían sino dieciocho alabarderos. ¿Qué eran dieciocho hombres ante un regimiento entero? Quizás por tratarse de un cuerpo palatino, de sedentaria existencia, se consideró fácil de vencer el obstáculo. Olvidábanse los que tal pensaban que los guardias pertenecían á la clase de sargentos, y de sargentos de entonces, en que al coger la alabarda iban ya encanecidos y después de haberse batido en campaña. Y por ai no bastaba, tenían á su frente, como oficial mayor de semana, un coronel pequeñito, delgado, menudo, poquita cosa; pero con uu temple de espíritu que le hubiera hecho acreedor á figurar entre los trescientos bravos de Leónidas. Gozaba tama tal Jefe de rígido y severo, y su cara enjuta y angalosa, de grandes mostachos caídos, sin guías, parecía; en verdad, estar recordando siempre el artículo de la ordenanza que habla de ser pasado por las armas Por capricho de la casualidad llamábase aquel hombre, destinado á demostrar un valor épico, Dulce de apellido. El hecho es conocidísimo, es de ayer, y por si algo faltaba, en la Exposición de Bellas Artes de 1899 lo ha popularizado en un hermoso cuadro el notable pintor Morelli. Los dieciocho héroes, parapetados detrás de las columnas de la balaustrada de la plataforma, el camón, como se denomina el sitio en Palacio, serenos y enérgicos, sin desperdiciar un tiro en su certera puntería, improvisando barricadas con muebles, de tuvieron á los conjurados. ¿Cómo la tropa sublevada, aun forzando las puertas si las hubiera encontrado cerradas, no buscó las restantes escaleras del edificio, la del Príncipe, la de Caceras, la de Damas? Semejante episodio romancesco, tan en consonancia con nuestro carácter, perpetuó para siempre el nombre de Dulce. Sabido es el resultado de la intentona, su fracaso y el fusilamiento del general León, tínico de los conjurados que no acertó á escapar. El general Dulce estaba llamado á figurar en nuestra historia en momentos solemnes. Andando lósanos estallaba en Yara, en la isla de Cuba, el grito separatista, y con lá rapidez de un incendio brotado en un día de huracán, crecía con vertiginosa rapidez la insurrección, á pesar de las medidas coercitivas adoptadas por las autoridades antillanas. Desempeñaba el mando supremo entonces el general Dulce, el antiguo coronel de la escalera de Palacio. Parecía que la Providencia le destinaba á intervenir en las crisis de la patria. ALFONSO PÉREZ NIEVA