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Un sargento se presentó en el acto, y cuadrándose en el mismo dintel, recibió ciertas órdenes, de las que no entendí más que el nombre de Isidro Pelaire; y girando luego sobre sus talones, desapareció de nuevo. -Y bien- -dijo el francés volviendo á dirigirse á mí, -yo soy á hacerte un encargo. Si es aqué el que busca el capitán Maurice, será conducido prontamente, y cuando retornen los que serán conductores, tá les darás para que rne aporten un pot de truchos en escabeche é dos bótelas, una pardilo é otra Valdepeñas. ¿Ouál es su precio? -Y al decir esto, sacó un bien repleto bolsillo tricolor. -Paco el hostelero- -dije yo- -no cobra nunca adelantado. Yo mandaré esta noche á su merced lo que me pide, y mañana será otro día; y cuando su señoría se haya chupado los dedos de gusto con lo que yo he de enviarle, más barato le ha de parecer, y seguirá surtiéndose en mi casa y me hará parroquia, como el mayor Aimerrien, que en paz descanse. -Muy bien; y cuenta tú que el coronel ITrederichs no tiene más mal gusto ni más pequeña bolsa que el mayor Aimerrien tu anaco. -Su señoría, mi coronel, ha de ir tan bien servido por mí como lo fué el Mayor, siempre que haya ocasión. Al llegar aquí nuestra plática, volvió el sargento Oharpentier y dijo dos solas palabras, á que contestó el coronel: -Qu il aZZe- -añadiendo algunas otras frases para mí ininteligibles, y que sin duda quiso traducirme al añadir como despedida: -Ya di orden de que tomen lo que les des. -Descuide su merced, que ya les daré cosa buena. Hasta la vista, mi coronel. Y haciendo una profunda cortesía y calándome el sombrero salí al portalón, en donde me vi rodeado por tres sargentos y algunos soldados que me asediaron con preguntas, en francés unas, y otras en tan mal español, que casi no entendí ninguna. Aquella canalla, al verme platicar tan amigablemente con su coronel, y por algo que tal vez habría dicho Oharpentier acerca de mi falsa misión, me debió tomar por alguno de los pocos desdichados malos patriotas que simpatizaban con los enemiI gos de España. -Monsiures- -les contesté chanceando, -en boca cerrada no entran moscas, y cuando me encari ga secreto quien puede mandarlo, soy mudo como un muerto; coni que á no preguntar, porque yo no sé ni el padrenuestro. Una risotada general acogió mi cómica soflama, y unas palmaditas en el hombro, que familiarmente me dio uno de los sargentos, acabaron de convencerme de que aquella gente me trataba como á camarada. En esto vi llegar al sargento Oharpentier y detrás de él al tío Isidro, bien amarrado por los codos, entre dos granaderos con el arma al brazo. Cuando el buen hombre se percató de mi presencia creí que todo se echaba á perder; tal fué su alteración á causa de la sorpresa pero por instinto ó por otra causa, debió comprender mis intenciones y hacerse cargo del papel que le tocaba. Volvió á entrar Oharpentier á presencia del coronel y á salir en seguida al portalón acompañado por el jefe, quien echando una rápida ojeada al preso y á sus guardianes, les dijo en tono imperativo: ¡Allonsl Oomo autómatas rompieron la marcha los dos granaderos, dando al prisionero un empellón por toda orden, mientras el coronel, dirigiéndose á mí en tono jovial, repitió: -iSS í -Con que un pot é dos bote las, ¿eh? i- -Le juro, como soy Paco, que bien servido quedará su señoría. A la orden, mi coronel. Y saludé militarmente, con cómica marcialidad, que me valió una amigable sonrisa del coronel Prederichs y una salva de alegres carcajadas de la soldadesca, que me significó cuánto había yo caído en gracia á aquella chusma. (Concluirá en el número próximo.