Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
DE ANTAÑO A HOGAÑO N O V E L A D E DON JUAN J O S É LOZANO. I L U S T R A C I O N E S D B E E G I D O R DEL CERTAMEN LITERARIO DE BLANCO Y NEGRO (Continuación) ON el papel en a faldriquera, sin cuidarme ya de mi mismo, tomé á buen paso el camino en derechura á casa del tío Isidro, antes de llegar á la cual hube de conocer la eficacia de los garabatos del francés ante patrullas que, no muy suavemente, me detuvieron en las calles do Amaniel y de San Miguel y San José (1) en una de cuyas detenciones averigüé el texto de mi salvoconducto, que tan ambiguo y tan breve era, que así podía servirme á mí como al Preste Juan de las Indias. Por donde quiera hallaba á mi paso cadáveres que poco á poco iban retirando de las calles de San Miguel y San José, San Pedro la Nueva y San Andrés, que á pesar de estar ya casi limpias de ellos, no lo estaban de los charcos de sangre con que aquel día fueron regadas. Algún trabajo me costó hacerme conocer al llamar en casa del tío Isidro, y aún después de conocido abrieron Ja puerta con gran recelo; porque á los golpes en ella dados, acudieron unos granaderos á quienes tuve que enseñar mi ya sobado salvador papelito. Ya dentro y cerrada la puerta, las dos muje. í f res, para mí desconocidas, que la habían abierto, cogiéndome de una mano cada cual me arrastraron, mejor que me condujeron, á una pieza del interior, en donde acompañada por un hombre y otra mujer halló á Pepilla presa de mortal congoja y deshecha en lágrimas y. sollozos que palian de su pecho ahogados por el temor de que trascendieran más allá de los muros de Ja casa. I No bien penetré en la estancia, fuera todo melindre y dejándose llevar Jibrefnente por el impuJso del corazón, echó á mi cuello sus brazos, y asfixiada por los sollozos, pegando su hermosa frente á mi rostro, que sentí caldeado por sus lágrimas, exclamó á mi oído con voz ahogada: -Martín, ¡mi padrel se fué conMalasafla poco después que tú, y está preso en el Parque. Le matarán; Jos fusilan mañana. jPadre de mi alma! -Eso dicen, Pepilla; pero calma y pecho, que de aquí á mañana faltan horas, y no s e ha muerto Dios de viejo, -contestó con firmeza el hombre que allí estaba. Su voz me inspiró confianza, como me infundieron valor las frases de Pepilla, que aumentaban telfuego en que ya ardía mi corazón desde que oí el asesinato de mi madre de labios de Malasafía. -Si hay un hombre que me ayude, vida mía, la de tu padre corre de mi cuenta, -dije con decisión á la joven. Vengan esos- cinco, que aquí. está el hombre, -replicó mi desconocido tendiénr dome, su mano, á la vez que Pepilla, sin reparo alguno, me prodigaba abrazos y bendiciones, mezclados unos y otras con torrentes de lágrimas. -Oye, Manolo- -añadió poniéndose en jarras una, de las, mujeres; -bien está que los hombres llevéis la delantera; pero nosí otras no nos hemos hoy orfao tan mal. ¿Es qu, e, esta hembra no sirve y a a ííQ. -Puede que todo haga falta, Lolilla; y ya sé yo que anie toca Manuel, su mujer no baila lejos. Oon que, compadre, lo dicho, -agregó volviendo á estrechar mi mano. -Lo dicho y á ello- -repliqué. -Aquí todos tenemos papel. En esta casa hay una enferma, ¿estamos? y otra que teniendo que atenderla no se mete en la cama por si acaso viniera el confesor ó el médico Lola acompaña á Pepilla á la botica, que no está bien que á estas horas y en tal noche ande sola una mujer. Si alguna ronda interroga, á la botica pidiendo cualquier droga inocente, y si el caso aprieta, hasta se le da á la enferma. Si no, ó después, ya libres, á rondar la calle Ancha entre la de San Miguel y San José y la de (2) Hoy parte de la de Velarde.