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Munter. Así es que Santa Catalina, que no se cuenta en el número de las santas sennil! as é ignorantes, tampoco figura en el de las que proscribieron, la elegancia y los atavíos suntuosos. Los pintores del Renacimiento la vistieron á porfía de brocado, terciopelo y oro, y agotaron en los ropajes de la esposa de Cristo los tonos más intensos. y espléndidos de su paleta. Todo cuanto, la rodea lleva el mismo sello, indicando eu la santa un ejemplar humano, selecto, exquisito, un espíritu superior colocado en la cumbre de la vida. Hermosa y cortejada, versada en las ciencias y en la metafísica, sentía Catalina profundo desdén por dos cosas: la secta de los galileos y el matrimonio. No encontraba que ningün hombre mereciese poseer el tesoro de su persona. Los pretendientes, al retirarse desdeñados, hablaban del orgullo y, de la dureza de Catalina. Los cristianos se afligían de tener contra sí á aquella joven docta y elocuente, que se burlaba de ellos, de su pobre ropa, de su humildad, de sus prácticas, y hacía el elogio, en cambio, de Apolo, cuya luz y calor vivifican la naturaleza; y sólo al hablar de Venus, diosa de la molicie, una arruga cruzaba la noble frente de Catalina. Como lo observase Mío el ermitaño, que recorría á veces los barrios de Alejandría pidiendo limosna, dijo á sus compañeros: Esa alma está preparada á recibir á Cristo. Y habiendo solicitado de Catalina na entrevista, la habló así: Catalina, sé que no admites los galanteos de ninguno de tus muchos pretendientes; sé que ningún hombre ha encontrado el camino de tu corazón. Bien hiciste, porque ninguno te merecía. Pero es que no llegaste á conocer al que reúne todas las perfecciones; al que ha de abrasarte en amor apenas le veas. Es un ser tan hermoso y superior á cuanto soñaste, que te cautivará á primera vista. ¿Quieres conocerle? Catalina aceptó, entre desdeñosa y curiosa. Siguió al ermitaño, y éste la condujo á una iglesita próxima á la ciudad. Espérame aquí, encargó el ermitaño, que pronto volveré con él. Esperando esperando, Catalina se dejó caer al pie del altar, y se apoderó de ella un letargo profundo. En su sueño se le apareció un mancebo que, efectivamente, era un raro prodigio de belleza. Catalina le miraba extática y tendía los brazos hacia él con amor inmenso; pero el radiante mancebo, apartándose, exclamó: No puedo quererte. Tú, que tanto presumes, no eres hermosa para mí. Despertó Catalina, triste, preocupada; el sueño la había robado el sentido. No acertaba á pensar sino en el mancebo divino, y preguntándole al ermitaño cómo haría para volver á verle, Nilo la aconsejó que se bautizase. Así lo. hizo Catalina, y la misma noche en que el agua de vida empapó sus trenzas, volvió á aparecórsele su amado, en figura de lindísimo niño, en brazos de una virgen. Con suaves caricias y regalos la puso un anillo en el dedo y fueron celebrados los Desposorios. Cristiana ya Catalina, toda la elocuencia, la erudición y la ciencia que antes había dedicado á sostener el paganismo, la servía ahora para la apología de su fe. En presencia del César Maximino quiso discutir, demostrando sus creencias con e razonamiento. Maximino, que no era un sabio, no s po qué contestar á los argumentos de la entendida doncella, y recurrió á convocar una asamblea de filósofos y maestros que sostuvie sen la discusión en una especié de academia ó consistorio, que se verificó dentro de Palacio. Catalina, afluente, vehemente, pertrechada en su erudición caldeada por su entusiasmo de neófita, les arrollaba, les confundía, les envolvía, aplicando admirablemente las enseñanzas de Platón á la doctrina de Cristo y á la defensa del Evangelio. La leyenda refiere que aquellos sofistas y doctores se convirtieron y fueron víctimas de la rabia de Maximino, colérico al ver que no servían para replicar á una mujer, y que hasta se dejaban catequizar por ella. La misma suerte que á los doctores aguardaba á Catalina. No pudiendo pulverizar sus razones, Maximino dispuso destrozar su cuerpo en el horrible suplicio á que fué sometida: la famosa rueda ó cuádruple máquina erizada de navajas y cuchillos, dice la canción; de clavos y puntas de lanza, creen algunos historiadores. Hecha jirones su carne, por fin degollaron á la filósofa, y de su garganta manó, en vez de sangre, blanca leche: la leche de la sabiduría. DIBUJOS 1. ÍÍ I. LA. NCO c. Kis EMILIA PAKDOBAZÁN Jf -V 4- H- M 4- MVH- -H