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í h 3 i w airona de los filósofos llaman á esta Santa, de la cual proceden y arrancan algunas tradiciones de las más sentidas y poéticas del misticismo universal, como, por ejemplo, la de los Desposorios con Jesús, encantador episodio que al través de los siglos se reproduce y crea la belleza en la vida de otras santas famosísimas; verbigracia, la de Sena y la nuestra le Avila. Santa Catalina de Alejandría, á p e s a r de la obscuridad y confusión de varios puntos de su leyenda, es una personalidad, no sólo gloriosa y radiante, sino caí acterística de un momento de la historia religiosa é intelectual: su ambiente es el de la realidad; su figura completa la de Hipatia y la explica. La filósofa cristiana del siglo III, se comprende mejor recordando á la filósofa pagana de fines del siglo IV. Los destinos de ambas pensadoras independientes (no r 7 ¡m digo fe Sres porque sonaría mal el vocablo refiriéndose á una santa) se completan cual las dos hojas de un díptico de marfiJ Alejandría de Egipto, en los primeros siglos del cristianismo, del segundo al quinto, era una ciudad esencialmente intelectual, cuya influencia late ó brilla en infinitos aspectos de nuestras creencias, en la teología y la metafísica cristiana. Los restos de la sabiduría griega refugiáronse allí y formaron la célebre escuela en que alzaban sus cátedras Plotino, Porfirio, Hipatia y Jámblico. Aunque tuviese esta escuela origen helénico; aunque la muerte de Juliano el Apóstata fuese la señal de su aniquilamiento; aunque en ella alentase un espíritu conservador y restaurador de la Sofía antigua, ¿quién podrá contar las partículas de su ser que se transmitieron al cristianismo y contribuyeron al místico florecimiento de la Edad Media? ¿Quién ignora su influjo sobre una de las direcciones capitales de la escolástica? Por ella Platón se reencarnó en San Buenaventura, y de ella, en sus orígenes, está impregnado uno de los Evangelios, el de San Juan. E n la filosofía alejandrina se concillaba, quizás involuntariamente, lo más alto y lo más puro de las doctrinas helénicas y de las cristianas. Así es que no sorprende encontrar en Catalina y en Hipatia, representantes de dos tendencias opuestas y que dieron su vida por ellas, una especie de extraña semejanza, un parentesco psíquico. La diferencia capital está en el sentimiento y la ternura. Santa Catalina no fué sólo una filósofa; la historia de su alma es una historia de amor; su corazón arde y quema. Por el sentir, no por el pensar, h a inspirado Catalina á los artistas más excelsos, desde los orígenes de la pintura; dosde Van Eyk y Memling hasta Veronés y Vinci, todos quisieron entonar el epitalamio de los célicos Desposorios de la virgen alejandrina, que hoy, á la vuelta de dieciocho siglos, cantan aún en sus canciones los corros de niñas, atestiguando lo hondamente tradicional y popular del asunto. Dicen algunos hagiógrafos, y lo dice el cantar también, que Santa Catalina fué hija de u n príncipe. Yo no quisiera fantasear poco ni mucho cuando se trata de una biografía t a n hermosa, que no h á menester galas postizas. Fuese princesa, infanta, como le llama con gracioso anacronismo un poeta del siglo X V I I ó sólo hija de un sabio astrónomo; como Hipatia, lo indudable es que á Catalina de Alejandría la ha representado siempre el arte suntuosa y magníficamente adornada y vestida, con la aureola del lujo y de la belleza. De las efigies más interesantes que conozco de Santa Catalina es la de oro, esmaltes, perlas y pedrería, del siglo XIV, que poseen en JMadrid los condes de j W M H Wh w 6 M