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caer en ella, y después llegó otro y otro y todos á vaciar su preciosa y abundante carga, para volver ansiosos á seguir su obra de generoso rescatel Me conmoví hasta el punto de sentir el escalofrío de lo subliaie, el empujón de las lágrimas. Porque los caramelos eran para los nifios lo que el entorchado para el militar, el acta para el candidato, el alto puesto para el político, la gloria para el artista, la canonjía para el clérigo, él negocio pingüe para el comerciante, el anhelo de siempre logrado, la dicha soñada que se nos entrega, la fortuna que nos tiende los brazos, el ideal que se realiza, el bien, real ó fingido, que nos brinda con la hartura, puesto en las fauces devoradoras del deseo. El hombre de la cesta, viendo recobrada su mercancía, sin otro desperfecto que las brechas abiertas en los cartuchos azules, sonrió con satisfacción profunda; y sin dirigir ni siquiera una mirada de agradecimiento y de cariño á los pequeños héroes de aquella reconquista, se dispuso á continuar su camino, como si allí no hubiera pasado nada. Me dio ira de su ingratitud, y lo sujeté por el brazo diciéndole: Reparta usted entre esos niños unos cartuchos de caramelos. Me miró con asombro, leí en sus ojos que en vano llamaba á las puertas de su justo agradecimiento, y me apresuré á echar en la cesta unas cuantas monedas para que obedeciese mi mandato. Los niños, sin prisa, sin ansia, sin desorden, pero con la alegría pintada en el semblante, recogieron de manos de aquel egoísta empedernido la parte que les correspondió del obsequio; y casi á una, casi á coro, que á mí me pareció de serafines, me dijeron con sus vocecitas dulces: Muchas gracias, caballero; muchas gracias. Y se alejaron corriendo y saltando, no sin haberse llevado todos á la boca con precisión de ejercicio militar su correspondiente caramelo. Hermosa condición humana, siempre nacida para el bienl Qué difícil, qué grave, qué llena de responsabilidades la obra de la educación! ¿Qué será de aquéllos niños, puesta su alma generosa en el diario rocé de las impurezas sociales? ¡La política! No hay más que una política salvadora y fecunda en la vida nacional: secundar la obra de Dios, que crea buenos á los niños, para que la sociedad no haga malos á los hombres. La pena restablece el estado de derecho que perturbó el delito; pero no remueve las entrañas del cuerpo social. La redención puede estar en el cultivo del germen; jamás en el cuidado del fruto. Prometí narrar el hecho sin comentarios, y lo cumplo; porque éstos que ahora se me vienen á los puntos de la pluma, son los que se me vinieron entonces á la tela del pensamiento, siendo ellos, por tanto, como una parte del hecho mismo. Seguí después de hacerlos mi marcha hacia el Congreso de los Diputados, adonde iba con ánimo de escribir unas cartas; y si he de ser fiel narrador de todo lo sucedido, necesario es que consigne esta idea, surgida en mí cuando entraba en el palacio de la representación nacional: ¡Si en una de estas grandes manifestaciones de la vida pública se le cayera algún día al que la tiene la cesta de los earamelosl ÁNTOKio LÓPEZ MUÑOZ í V f f 1 I L i 1 r-