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i LA CESTA DE CARAMELOS I o me lo ha contado nadie. Lo he visto yo con mis propios ojos. Me impresionó vivamente la escena, y voy á relatarla sin amplificaciones ni comentarios. Fué ayer por la tarde. Bajaba yo por la Carrera de San Jerónimo, con dirección al Congreso, y subía por la acera del hotel de Rusia un vendedor de caramelos, llevando sobre la cabeza, en una cesta grande, su mercancía. Transitaba por la calle muy poca gente. De pronto, y cerca de mi, se produjo un ruido que me llamó la atención. Miré y sonreí, con esa sonrisa cruel que hacen asomar siempre á los labios el resbalón y la caída de un prójimo. El vendedor de caramelos había perdido su centro de gravedad, y las pequeñas barritas dulces, rotos sus cartuchos de papel azul á la sacudida de la cesta, cayeron desparramadas por entre los adoquines. Mi sonrisa se desdibujó, como avergonzada, al observar la turbación de aquel infeliz, que no sólo iba á perder mucho tiempo, quizá el necesario para ganar el sustento del día, en arreglar sus caramelos, sino que además se consideraba ya víctima de una pérdida segura con los que no le era posible recoger en condiciones de ser vendidos. Pero mi compasión se trocó en angustia cuando vi brotar como por encanto de las porterías inmediatas, ó de no sé dónde, una turba de muchachos, ellos y ellas, de cinco á siete años todos, que no parecía sino que de intento habíanse apostado allí para hacer presa en los cartuchos dispersos de aquella confitería improvisada. ¡Adiós caramelos y adiós esperanzasl- -pensé yo, coincidiendo sin duda con los sobresaltos de aquel pobrete. Y en menos que se narra y que se piensa, aquel hormiguero de la golosina inclinó sus diminutos cuerpos y confundió sus cabecitas negras y rubias para disputarse el botín, metiendo sus dedillos por entre las junturas del suelo, á fin de no dejar allí ni una sola de las codiciadas barritas, que parecían dispuestos á apropiarse por legítimo derecho de conquista. ¿Qué hacer? El mísero vendedor, entregado á su infortunio, no pensaba ya más que en recobrar por sus manos cuantos caramelos pudiera salvar de aquella acometida infantil, muy superior á sus fuerzas por el número y agilidad de los golosos combatientes. Yo, por mi parte, me limité á ser testigo inactivo y mudo del irremediable despojo, y á repetir con el gran poeta: son el diablo estos ángeles de niños. Pasados unos instantes, resolví prestar auxilio al infortunado dueño de la cesta, y di algunos pasos hacia el menudo ejército con intento de atajarlo en su despiadada maniobra. Confieso que en realidad me sentía con poca vocación para aquel trabajo de salvamento, Es tan doloroso privar de sus gustos á los nifiosl Ellos, que cuando dejan de serlo ya no logran verlos cumplidos jamás! Adelanté, como digo, algunos pasos hacia el lugar del que yo imaginaba despojo. Pero ¡cuál no sería mi sorpresa cuando vi que uno de aquellos angelitos llegó con sus manos llenas de caramelos á la cesta y los dejó