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FRASES PROVERBIALES TIRAR DE LA OREJA A JORGE UBO hacia fines del siglo xvii en cierta ciudad del Mediodía de España, tan populosa como bella, ale gre y bullanguera, cierto corregidor que dejó fama por su justiciero y riguroso modo de proceder. Temíanle de muerte todos los truhanes y gente maleante, y aun los que, sin pertenecer á tan honrado gremio, tenían por cualquier trapisonda ó calaverada que habérselas con su merced, el cual no respetaba clase ni categoría cuando se contravenían sus órdenes. Tramóla especialmente el terrible corregidor con los jugadores, que abundaban mucho por cierto en la aludida ciudad, y allí donde él ponía su potente vara no quedaba títere con cabeza, pues metía en la cárcel al lucero del alba si le cogía infraganti. Pero como la privación es causa del apetito, ponían por lo mismo especial empeño los jugadores en burlar la vigilancia de que se les hacía objeto, y como eran muchos los honibres ricos y desocupados en aquella bullanguera é hidalga población y les sobraba ingenio, tiempo y travesura para hacer un particular estudio del asunto, discurrían con incansable ardor y derroche de meridional ingenio y sutileza mil estratagemas y ardides sin cuento para satisfacer su malhadado vicio. Mas nada se escapaba á la vista de lince de su mortal enemigo, hasta que imaginaron una treta que por mucho tiempo relativamente burló su fino olfato y dejó fama por lo bien urdido de su trama. Había en la ciudad un tonto que, sin ser precisamente incapaz, tenía mil manías estrambóticas. Era una de ellas la de pasarse la vida en la calle, parándose por todas las esquinas y armando camorra con todo el que le tropezaba poco ni mucho, siquiera fuese en un dedo, pues una de sus manías era la de no dejarse tocar por nadie. Gustaba extraordinariamente de dulces y golosinas y dé escuchar á cuantos ciegos ó músicos ambulantes encontraba. Llamábase Jorge, y de él se valieron los jugadores, aprovechando con sin igual maestría sus inocentes manías y rarezas; tropezábase uno de entre ellos con Jorge como por casualidad, y dándole cualquier golosina se lo iba llevando hacia una casa sólo de él conocida, y con los dueños de la cual ya estaba en inteligencia de antemano. Una vez que el pobre mozo se hallaba cerca de la puerta, llegaban, casualmente, un par de ciegos, y cuando más contento estaba el bueno de Jorge escuchando las coplas, comenzaba el otro con disimulo á tirarle de una oreja. Alborotábase Jorge inmediatamente, chillaba y protestaba á grandes voces, con muchos manotazos y contorsiones; pero como esto ocurría varias veces al día por si uno le había pisado ó si otro tropezado con el codo, nadie hacía caso de él. Sólo los que estaban en el secreto conocían de lo que se trataba, y algunos de entre ellos, que recorrían las calles con este fin, avisaban á sus colegas que en tal calle y casa tiraban de la oreja á Jorge, consiguiendo de este modo poder variar de domicilio social casi todos los días y burlar la vigilancia del terrible corregidor. He aquí como el ingenio de muchos hizo pasar el nombre y las orejas de un tonto á la posteridad. DIBUJO DE XAUDAKÓ MAEIO R U I P É R E Z