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d e Malasafia, su hija Manuela y su mujer María, levantado queda u n monumento al heroísmo, ante el cual t o d o patriota debe rendir el homenaje de su culto ardiente y fervoroso. Lo que no saben todos es que entre aquellos 900 cadáveres de franceses sobre que tuvieron que saltar sus camaradas para e n t r a r en el P a r q u e cuando ya n o hubo municiones con q u e h a c e r l e s frente, estaba el yerno de los de Polancos, el m a y o r Aimerrien, causa de la miseria de mi madre y de su triste fla, que no hubiera e n c o n t r a d o en medio de la calle si hubiera seguido en su modesto empleo en aquella casa de malos españoles. ¡Qué pronto le conocí y qué bien le a p u n t é en cuanto por la calle de San P e d r o la ííueva (1) apareció frente a l P a r q u e á la cabeza de sus granaderos! T a v e la fortuna de escapar y salir de Madrid por detrás de los altos de Monteleón, sin que yo mismo p u e d a d a r m e cuenta exacta de aquella fuga desesperada, rabiosa, saltando sobre cadáveres y a p a r t a n d o cuanto estorbaba mi paso. Allá estuve u n b u e n espacio de tiempo metido en u n a cueva n o lejana, h e c h a sin duda por los que i b a n á extraer a r e n a h a s t a que llegó la noche. Salí y a n d u v e vagando e n t r e las sombras, á través de las cuales v e n í a n á mi oído todavía los ecos de algunos disparos sueltos que hacíanme adivinar las escenas de horror representad a s por aquella soldadesca ebria de sangre y de venganza contra u n pueblo heroico defensor de sus hogares. Semejante idea se sobrepuso en mí á la de los peligros que corría y me hizo r e c o r d a r que si no tenía mad r e á quien escudar en aquel trance, había dejado una casa en que m e h a b í a n dicho: io que hay aquí es tuyo y allí había u n a morena que con sus ojos añadió al ofrecimiento: todo, h a s t a mi corazón. Yo no sé si la gente de hoy comprenderá bieu lo que digo; pero t o d o esto era muy de mi tiempo. Despreciando el peligro, traté de o r i e n t a r m e y me hallé junto á la Cuesta de Areneros. E r a preciso q u e yo volviese á entrar en Madrid y viese al tío Isidro y á P e p i l l a pero el fusil que tenía en mis manos, y éstas y mi cara e n n e g r e c i d a s por la pólvora, m e i m p e d í a n d a r u n paso hacia la Villa sin darle t a m b i é n hacia la m u e r t e Escondí mi fusil en u n a zanja, cubriéndole con tierra á fuerza de escarbar con mis zapatos, e c h é á correr con dirección al río, y allí m e lavé con tal e s m e r o que ni rastro quedó del tizne acusador. Aliñé mis ropas, q u e n o estaban en o r d e n muy correcto, y pasando por d e t r á s de la Montaña del Príncipe Pío m e encaminé de nuevo hacia la población, sin contar con que no había de d a r muchos pasos libre de topar con guardias, retenes y patrullas. Pero esto, que á tantos costó la vida, fué p a r a mí providencial fortuna. El Portillo del Conde Duque, p o r d o n d e iba yo á penetrar, estaba bien guardado, y fué mi inten ción a p a r t a r m e d e él y e n t r a r saltando l a s tapias de Amaniel; pero si los guardianes m e h a b í a n visto ya, lo cual era posible, mi retirada m e h a r í a sospechoso; y aun sin esto, si al saltar las tapias fuese sorprendido, seria peor el r e s u l t a d o T o m é mi partido, y r e s u e l t a m e n t e m e dirigí al Portillo, en donde el centinela m e dio el alto, y fui conducido a n t e el oficial de guardia, que sabía el español como yo el francés, sirviéndonos de i n t é r p r e t e u n sargento con u n a estatura d e ocho pies, pero con una cara risueña y bonachona, más digna de un Jerónimo que de u n soldado, quien me entendía mejor que se expresaba. Procuré adoptar u n aire de a s o m b r o por el aparato de fuerza que m e rodeaba, y h a s t a pregunté al sargento la causa d e l a s precauciones de que yo era objeto y m e llenaban de sorpresa. Después d e so- metido á u n interrogatorio í m á s largo que el catecismo, al que contesté con el mayor aplomo, y á u n registro que no perdonó n i mis zapatos, quedó el oficial plen a m e n t e convencido de que, ignorante d e cuanto ocurría, venía yo de Pozuelo de la boda de u n a prima, todo lo cual e s t a b a pregonándolo á voces mi traj e dominguero, mis m a n o s y mi c a r a relucientes de puro limpias, y mis zapatos de hebillas e m p a ñ a d o s de p u r o sucios. Me miró con gran a t e n c i ó n y descubriendo sin d u d a en mi rostro algún resto de célica beatitud que en él dejara l a vida monástica, dejó asom a r á sus labios u n a sonrisa, que traduje por la frase ¡pobre diablol y tomando la pluma trazó r á p i d a m e n t e cuatro garabatos, que m e entregó el sargento, diciéndome que e r a u n salvoconducto para llegar á mi casa. U n a carta de señorío no me hubiera hecho m á s feliz. (1) Hoy Dos de Mayo (Continuará, en el número próximo