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No estaba mi madre en casa cuando llegué, y abrió la puerta Papilla, que al yerme con tales sayos, como nunca ella habíame visto así ataviado, rompió á reír de tal manera, que no podía hablar palabra. Tanto gusto me daba ver á aquella morena retozona y alegre mirarme con sus ojazos negros y vivos, que sentía que los hábitos se me caían solos; pero al mismo tiempo sus risotadas burlonas, que por una parte me sonaban á alegre música en los oídos, por otra me hacían daño y me cosquilleaban el amor propio, que no se avenía á parecer ridículo ante aquel pedacito de paraíso terrenal que tenía enfrente. Por eso, al presentarse el tío Isidro, que con el mandil colgado, el tirapié en la mano y montados los anteojci aquel estrépito de risas de fueron estas palabras: -Tío Isidro, ¿quién podrá irt -tamR sayos? Muchacho, ¿estás loco? -me respondió. -Puede- -repliqué; -pero esto me está estorbando. ¿Y qué vas á hacer? ¿Quién sabe lo que haremos todos? Veremos. -Bueno, mocito, bueno. Mira, aquí no hay más cera que la que arde, porque entre mis zapatos y los madrofios de Pepilla no dan gran cosa; parece que ahora la gente anda descalza y que nadie se hace una mantilla ni una basquina de madrofios; pero, aunque pobres, lo que hay aquí es tuyo y de tu madre; lo que hay en España es de los españoles. Anda, Pepilla, saca y mi traje dominguero y dáselo á Martín, que no le estará mal. Para lo que yo me le pongo Cuando me vi con mi calzón, mi chupetín y mi sombrero apuntado, amén de unas calzas finas y unos zapatos con hebillas, capaces de dar envidia al arzobispo de Toledo, no me hubiera yo cambiado por el mismo infante D. Antonio con su presidencia de la Junta de Gobierno y todo, y orgulloso de mi persona miré con arrogancia á Pepilla, cuyos ojos parecióme que decían: cAcí me gusta á mí Martín. II No bien me presenté así vestido, llegó á nuestros oídos un rumor extraño, como ecos lejanos de un combate, y poco después y bien distintamente el estampido de un cañonazo, y luego otro y otros después. Nos asomamos á la ventana y vimos á varios paisanos correr en distintas direcciones, y á uno á quien no conocí, en el momento que sin percatarse de que estábamos allí se llegó á la puerta y dio en ella un estrepitoso repique, casi al propio tiempo que el tío Isidro le abría. Penetró en el portalillo Juan Manuel Malasaña, que ya Pepilla me había advertido que era él, é ignorando que yo estuviera allí dijo en pocas palabras, y sin rodeos, que en la Eed de San Luis acababa de ver á mi anciana madre bárbaramente acuchillada por dos mamelucos, que con tan- cobarde salvajada pagaron la generosidad de los que al grito de independencia dado por el brigadier D. Tomás García Vicente, después de detenerlos y obligarles á entregar un pliego que para Murat llevaban desde el Eetiro, los dejaron noblemente en libertad (1) No sé bien lo que sentí al oir la territ) le noticia; no diré si una contracción ó una horrible expansión del corazón en el pecho llevó toda la sangre á mis ojos, y todo lo vi rojo momentáneamente, y una lluvia de fuego cayó sobre mi cerebro, y un impulso irresistible se apoderó de mí, que me empujaba sin saber hacia dóndoy y desasiendo mis manos de las de Pepilla, que las estrechó entre las suyas al notar mi espantoso trastorno, eché á correr sin rumbo fijo. Tal vez pensaba en rescatar el cadáver de mi madre; pero lo que sucedió á mi presencia al llegar al Parque dio otro giro á mis ideas, si las tenía yo en aquel momento. Un teniente de artillería, guapo mozo, llegó rojo de cólera al frente de treinta voluntarios del Estado, en un santiamén se apoderó de la guardia francesa, y unido á otro compañero de cuerpo de su mismo empleo, abrieron las puertas ambos, y cuantos cartuchos, fusiles, sables y pedernales había en el Parque de Artillería, fueron puestos á disposición del pueblo, ya que las tropas, retenidas en los cuarteles por orden de Negrete, no habrían menester de ello. ¿A qué decir lo que todos saben? Con pronunciar los nombres de Ve larde, Dáoíz, Rúiz, Goicoechea, y loig (1) El hecho de haber asesinado á una anciana en dicho sitio dos mamelucos enjlas referidas circunstancias, es exactamente histórico. Véase la Gaía cíe Ma níí por Fernández de los Ríos, 1876.