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a había visto y hablado muchas veces en casa del tío Isidro Pelaire, cuando, antes de tomar el hábito, iba todas las tardes á mis antiguos barrios. Manolilla Malasafia era toda una real moza; pero no era costal de paja la hija del tío Isidro, Pepilla la Madroñera, y ésta sí que me andaba cosquilleando el magÍEi allá debajo de la capucha, porque era el caso que cuando yo la había dicho algún chicoleo no me puso mala cara. Ya se me alcanzaba que t a l e s recuerdos no eran muy propios para abrigados por el hábito monacal; y cuando vi á mi madre anciana en medio de la calle, arrojada por una de aquellas familias que veían con complacencia á los héroes de Eylan y de Dantrich (1) entonces me di cuenta de otro sentimiento no conforme tampoco con el sayal de la orden seráfica, y determiné colgarlo, renunciando á la profesión, cuando el prior me ordenó que anunciase á mi madre que á diario fuese á la portería del convento, en donde le darían la ración que se le señalaba hasta que hallase otro acomodo. Esto me hizo quedarme de nuevo dentro de mi cogulla, pero jurando vengarme algún día del agravio inferido á mi querida viejecilla. De día en día íbanse poniendo peores las cosas, y desde aquél en que Murat entró en Madrid con el ejército del emperador de losfranceses, el caro aliado (2) de nuestro amo y señor, era muy raro el que pasaba sin que llegasen al convento los ecos de las riñas entre paisanos madrileños y s. soldados franceses, á pesar de los bandos para que no se turbase tan buena armonía por una infundada ridicula desconfianza hacia tan estimables huéspedes n. Las estupendas tonterías de la Gaceta, la estupidez de aquellos ministros, la nulidad del Consejo de Castilla y el servilismo cobarde de la Junta de Gobierno á la voluntad suprema del gran tirano de Europa, y la complacencia y la adulación de muchos proceres y magnates hueros de meollo, y hasta de altos dignatarios del ejército, como Negrete, para con Murat, lugarteniente general del Beino por obra y gracia de D. Fernando VII, eran latigazos que iban ya escociendo mucho en el rostro del pueblo abochornado. Si las cosas seguían así, la paciencia, á fuerza de apurarla, llegaría á agotarse, y en efecto, se acabó el día 1.0 de Mayo, en que el flamante lugarteniente general del Beino pretendió amedrentar al pueblo, provocándole conuna imponente exhibición de fuerzas presentadas en masa de un modo aparatoso, que sirvió al célebre mariscal para recrear sus oídos con una salva de pitos y denuestos y alguna rociada de algo que no olía á rosas precisamente. Aquello dejó la atmósfera muy caldeada, y tanto y tanto las nubes fueron creciendo y ennegreciéndose aquella tarde y durante la noche, que nadie dudaba de la tormenta que amenazaba para el otro día, hasta el punto de que el prior dio orden para que nadie saliese del convento. Pasé la noche en vela, con una inquietud extraña, como hija de un presentimiento inexplicable, y con una idea fija tan irresistible y dominante, que apenas amaneció, terminada la oración, tan pronto como me vi libre de la compañía de la comunidad, en vez de dirigirme á mi celda, me fui derecho á la puerta de la calle, en donde el hermano portero se negó á franquearme el paso. Dispuesto á salir á todo trance, no me anduve en más razones que cogerle, atarle al banco en que se hallaba con el propio cordón de su cintura, tomarle las llaves, abrir el postigo y escapar á la calle más que á paso, dejándole vociferar cuanto le viniera en gana. Para algo era yo más fuerte. Como alma á quien lleva el diablo, subí por la Carrera de San Francisco, Puerta de Moros, Cava y Latoneros, hasta la calle de Toledo, en la que manólas, menestrales y chisperos formaban muchos corrillos en que se cuchicheaba ó se hablaba con calor, mientras otros grupos, con uno de los cuales me mezclé, subían por la Plaza hacia Palacio. Oí no sé qué cosas de viaje forzado, de secuestro del infante D. Francisco, y armé conversación con un buen mozo del grupo, quien con tono socarrón dijome aludiendo á mi hábito: -Mal aparejo se trae para el baile, hermano, y barrunto que va á ser tal, que la Pradera del Canal no lo presenció como él desde que en el mundo hay bailes. Caí en la cuenta de que tenía razón el majo, y por la calle de las Postas, Puerta del Sol, Montera y Fuencarral, me dirigí á la de San Andrés (3) en donde vivía mi madre en un cuartuchín cedido por el tío Isidro, el padre de Pepilla la Madroñera. (1) Gaceta de 25 de Marzo de 1808. (2) Así le llamaba Garlos IT hablando á sus vasallos, en 1 (3 de Jlarzo de 1808. (3) Parte de la que hoy es de Velardo.