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DE ANTAÑO A HOGAÑO N O V E L A TIB DON J U A l í J O S É LOZÁKO. I L U S T E A O I O U E S D E E E G I D O E DEL CERTAMEX L I T E R A R I O DE DLANCO Y NEGRO M fj j UANDO la última paletada de tierra cayó sobre el cadáver del tío Martín, todos permanecimos contemJk Ji piando aquella humilde sepultura bajo la cual yacían los restos del testigo postrero de una lucha gloriosa en la que tuvo papel bien modesto, pero envidiable para un patriota. Con el tío Martín desaparecía una generación de seres enérgicos y viriles de cuerpo y alma, y todos, con los ojos fijos en la tumba del pobre viejo, hacíamos resurgir las páginas de la historia de aquellos días, cuya viviente crónica acababa de enmudecer para siempre. Mi memoria evocaba las narraciones de cien episodios de la lucha del pigmeo pueblo espafiol contra el gigante imperio napoleónico, que tantas veces oí referir á aquel hombretón que, fornido y arrogante aún á los ochenta años, parecía desafiar las energías de la gente moza. La que por referirse á él me impresionaba más en aquel instante, era una con que nos entretuvo cierta noche, mientras su hija, la guardesa, en tanto que al amor de la lumbre desentumecíamos los miembros, nos freía unas magras con que reparar las fuerzas antes de dar reposo á nuestros cuerpos, rendidos de trepar vericuetos y chapotear en barrizales de valles y laderas persiguiendo la caza en aquel monte pródigo en conejos y perdices. Ni el pan se ha hecho para la boca del asno- -decía el tío Martín, -ni el hábito franciscano para mí; porque aquel paño pardo y asperete se me enredaba entre los pies, y no sabía qué hacer de aquellos mangotes que ataban mis brazos, amén de que los nudos del cordón no se me alcanzaba que pudieran servirme para cosa mejor que dar una tanda de latigazos á ciertos petimetres y pisaverdes que bien sabíamos todos que anilali. iri en i oneiliábulos y cavilaciones con elcaii (iMi; i E -i- óiquiz y con el embajador Eeauharnais para hacer un amasijo matrimonial entre el príncipe Fernando y una damisela de los Bonaparte. Esto nos dolía á mí y á otros muchos, que ya barruntábamos el turbión que se venía encima; pero lo que á mí me escoció de veras fué que la señora de Polancos, íntima amigotade. Campoalange, el que luego llevó el pendón cuando hicieron rey á Pepe Botellas, puso de patitas en la calle á mi madre por el enorme delito de significar su disgusto hacia la boda de la hija del tal Polancos con el Mayor del ejército francés Aimerrien, agregado á la embajada, y que olía á espía á cien leguas. Mi madre había quedado viuda cuando yo, de ocho años, no servía más que para comer el pan que no tenía, y fué para ambos una fortuna entrar yo de acólito en los franciscos, y colocarse ella al servicio de los Polancos, en donde llevaba ya nueve años cuando fué despedida á fines de 1807. Según el padre Serafín, sacristán mayor del convento, yo era un muchacho listo, y él no era torpe cuando logró convencerme para que tomase el hábito de lego poco después de haber cumplido los dieciséis años. Me eché encima los capisayos, como pudiera haberme echado un chupetín y un capote de mangas; pero la verdad es que allí debajo de las cogullas bullía muchas veces el recuerdo de; Manolilla, la hija del tío Juan Manuel Malasafía, que traía revuelto al barrio de Maravillas con su palmito de cielo y aquellos andares con los que regaba de sal y sandungas, que vertía por todos los madroños de su basquina, las calles que recorría. Yo