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ñeros, y como las últimas lluvias picaron de firme, con alternativas de días grises y nublados, los más propicios, la orden de marchar no tarda. Es para el día siguiente. A las cuatro de la mafiana está en pie elasitunero. Rápidamente revisa lo que Ikva A la temporada larga y penosa. A esa hora callada y quieta en que la pobre barriada duerme, en que apenas algún gallo tempranero lanza al silencio su grito de alborada, el labriego inspecciona el atalaje que lleva, con algo de torpeza en las manos, con algo también de melancolía, porque la mujer está en las palmas y no le asiste en aquéllo, qué tan bien arregla otras veces. En fin, á lo burdo, sabe que el costo hincha las alforjas; que van en la faja el navajón, la tarja y los avíos de yesca; sobre la cabeza el burdo chapeo, endurecido por el sol y por los chaparrones; sobre los hombros el capote de campo listado y lanudo, y en el mejor bolsillo del chaquetón, una cartilla, un epítome ie cubierta amarilla y desgarrada, un a, 6, c que le está enseñando su mayorcito, su Manenél Todo, pues, á punto, el asitunero echa una última ojeada á la casita, en silencio, á la abuela que duerme todavía, á los niños que respiran dulcemente en la amplia cuna dé pino, abierta como una barca, á la misma orilla del gran lecho de matrimonio, como acurrucada á su calor, que ahora va á faltarle El cuartito huele á ropa conocida, á manzana seca, á romero y á guisos pobres Tal vez el labriego lo siente entonces con más intensidad que nunca, al despedirse para la faena larga y penosa. Lo cierto es que sale de la casita lentamente, procurando ahogar el ruido de sus zapatones de cuero. Se ha jalado mucho para llegar á tiempo al garrotal del marqués. Esperaban ya en la cortijada las mozuelas del pueblo, la legión de recogedoras y cargadoras, que hacen el duro traba, jo de recoger si pie del olivo, y llevan después en la cabeza los capachos colmados de aceitunas, qne el administrador apunta en la tarja. La faena empieza antes de amanecer; sobre el árido terruño endurecido por la escarcha, al pie de aquellos olivos fecundos y clásicos, que aún parecen hablar de los tiempos bíblicos y patriarcales, se encienden multitud de fogatas que aquí y allá rompen la sombra de las madrugadas otoñales con su alegre llama; en torno de cada una se agrupa m rancho, y mientras calientan sus manos ateridas, esperan el primer toque de Salve, que desde la torre de la cercana aldea da la señal de comenzar el trabajo Es un paisaje imponente de majestad y de silencio; el olivar es triste, parece que aquellos troncos retorcidos y cortos se inclinan con el deseo de comunicar á los hombres su historia milenaria; sus ramas grises, que se columpian en las grietas lefiudas del tronco, juveniles y llenas de savia, parecen una imagen de la vida, eternamente v i r g e n y renaciente sobre el ár bol generoso y viejo. No tiene el rancho mucho tiempo para reposar en torno de la fogata. Muy luego, en el silencio profundo y agreste del alba, llega claro, argentino y vibrante el son de la campana, que oída desde lejos y en la suprema s o l e d a d del campo, tiene algo de pl e garia angélica, de oración alboreante y pura. Entonces el manijero se levanta, se descubre, y dice gravemente: -En el nombre de Dios, ¡quedé güen dial... Y de aquí en adelante, los ranchos se disputan á ver quién es más laigo. Las cuadrillas, repartidas por el garrotal, se encaraman en los olivos, despojándolos rápidamente de su fruto; el triunfo consiste en llevar mayor número de capachos al montón de la taja; para conseguir esto, los hombres se despedazan las manos con las ramas; las recogedoras se animan á voces, recogiendo sobre la manta el chaparrón de aceitunas y llenando los capachos con habilidad portentosa, y las bizarras acarreadoras de uno y otro rancho se desafían, y allá van corriendo entre los burdos troncones, saltando surcos, con el capacho en la cabeza, á volcarlo sobre el montón enorme que se va formando en la linde del garrotal, rojas y enardecidas por la lucha, cantándose coplas y remoquetes, mientras el administrador, socarrón y picaro, apunta rápidamente en las tarjas y anima la pelea con sus elogios y sus risas Durante el día entero arde el olivar con este pugilato, con esta labor vertiginosa, que agita el colosal ramaje con un incesante rumor de resaca. Luego llega la noche, y los obreros y las mozuelas vuelven al cortijo, y en la gran cocina, en torno de la chimenea de campana, sin secar siquiera sus ropas caladas por la lluvia, se duermen rendidos, oyendo entre sueños á los mochuelos del olivar, que parecen arrullarles con su grito agreste y melancólico. DIBUJOS DE HUBRTAS st ADOLFO LUNA