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no, nieto de elevadísimo funcionario, rico por su casa, tonto de su propio natural, inútil p a r a todo, y que estaba en la oficina con el fin de hacer años de servicios, y al propio tiempo con el propósito sano de acrecentar lo que sus p a p a s bondadosos le d a b a n para su bolsillo particular de adolescente, t a r a r e a b a cualquier coplilla pornográfica de las más celebradas del género ínfimo. Aquí ¿pero á qué m o s t r a r las amargas, las tristísimas reflexiones de Pabio? Aquel espectáculo en que se recreaba muy á menudo, como si pretendiese con el poeta pesimista entretenerse en arranear del pecho su propio corazón, pedazos hecho, convirtió á Fabio en misántropo. Le bizo aborrecer á la sociedad bumana, para la cual n o veía remedio, y le sugirió la idea del suicidio. E n cierta ocasión, u n conocido á quien comunicó su proyecto, hizo cuanto pudo p a r a disuadirlo, llevando su magnanimidad hasta prestarle diez pesetas. Fabio aceptó el préstamo. Oon esto, pensó, puedo prolongar unos cuantos días mi existencia. Sabe Dios lo que en unos días puede ocurrir de inesperado! ¿Quién quiere la suerte? -gritó en esto, con voz aguardentosa, u n m u c h a c h o que dormitaba en el quicio de u n a puerta. ¡El gordo! pasado m a ñ a n a sale. Vale cinco pesetas. Fabio, como todos los desgraciados, era supersticioso. Acaso, pensó, es esto un aviso de la Divina Providencia, que se ha cansado de perseguirme. Ni cinco, n i diez pesetas mejoran mi situación. Me reservaré cinco p a r a ir pasando este par de días, y con las otras cinco voy á comprar u n décimo. Me da el corazón que va á caerme el gordo Y compró el décimo. Y vivió como pudo h a s t a el día del sorteo. Y llegó el día tan deseado Y á Fabio no le tocó el grande, n i u n pequeño, n i nada. I I1 los pies al advertir que á Dios se i i demasiado. Y entonces sí que, desesperado del todo, tornó, m á s resuelto que nunca, á su resolución de quitarse la vida. P e n s ó en que tal vez sería conveniente, antes de realizar determinación tan i m p o r t a n t e dar u n disgusto serio al b a u s á n del ministro, que tan á m a n s a l v a y con tanto ensañamiento s e había burlado de él; pero renunció á sus proyectos de venganza, calculando que el tal ministro pour rire no valía el trabajo que había de costar mortificarlo. Y u n a vez persuadido á salir sin despedirse de este m u n d o t a n poco agradable y t a n p é s i m a m e n t e arreglado, dirigióse al viaducto de la calle de Segovia. Cerca de él se hallaba, cuando el conocido que dos días antes le había prestado diez pesetas lo detuvo por u n brazo. Fabio, al conocerlo, se apresuró á decirle: No puedo devolverte los dos duros. Voy á saldar a h o r a mismo todas mis cuentas. ¿Vas á matarte? -preguntó el prestamista. -Eso prueba que e s t á s desesperado; que odias al linaje de Adán; que h a s almacenado m u c h o s litros de bilis E r e s mi hombre. Voy á fundar un periódico m u y batallador, y p a r a dirigirlo m e haces falta. Será de gran ruido, de mueho escándalo; saldremos á bronca por día, á duelo por semana, á denuncia por mes; pero todo eso, ¿qué importa al que piensa matarse? Pocos meses después, Fabio X, el desesperado, el misántropo, el casi suicida, había hallado caudal de ideas en su odio á los hombres; de sus conocimientos escasos y de sus experiencias dolorosas había h e c h o amasijo especial, condimentado con salsa de rencores, con que se había transformado en u n a especie de b a r a t e r o de la política, en aptitud de llegar á todo por fueros de la guapeza y de la osadía. H a b í a n s e t e r m i n a d o las tribulacion e s de Fabio X y comenzaban los envidiables éxitos de L a discreción me veda revelar el n o m b r e de u n personaje, á quien conoce todo el mundo, y que no es sino el b u e n Fabio en la s e g u n d a parte de su odisea. A. SATSrCHEZ P É R E Z DIBUJOS DB MÉNDEZ BRINGA í, j