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Porque mira, querido Fabio- -decía el novel miaiatro con efasión fraternal, -ninguno, absolutamente ninguno da los que entran por esa puerta, lo hace sin el firme propósito de pedir algo; algo que generalmente es injusto, y hasta inicuo. Esto, créelo, lleva al ánimo del más optimista el desaliento y el hastío. Fabio X no se atrevió entonces á exponer con franqueza su situación. El antiguo compañero lo creía rico: le habló de Jo que se proponía realizar en el Ministerio. Estaba resuelto á traer unas Cortes que faesen representación real y gehuína del país; quería lograr, á toda costa, que de senadores y diputados sólo vinieran hombres de verdadero arraigo y de gran influencia y de fortuna sólida como Fabio X. Y colocado ya en el terreno de las declaraciones confidenciales, el ministro propuso seriamente á su condis cípulo que presentase su candidatura para diputado. Nosotros- -agregó- -te ayudaremos con todas nuestras fuerzas. Tu influencia, que es mucha, unida al apoyo oficial, es garantía de victoria indudable. La elección en estas condiciones te costará muy poco: lo más, lo más, tres mil ó cuatro mil duros; para ti una bicoca. Cuando. oyó esto que parecía (aunque éii verdad no lo. era) cruel sarcasmo, del Excmo. Sr. Ministro, Fabio no pudo más; interrumpió bruscamente á su interlocutor y le hizo sabfer cuan engañado vivía y cuan otras eran las aspiraciones del antiguo potentado, hoy pobre vergonzante, sin más esperanza ni otro recurso que lograr un rinconcillo insignificante en las. oficinas del Estado. Estupefacto quedó el ministro al enterarse de la desgracia de Fabio X. Prometió- -claro está, ¡cuesta tan poco eso! -hacer para Fabio un hueco en el Ministerio, y estrechándole afectuosísimamente) a mano y reiterando una y cien veces su promesa de colocarlo, y colocarlo muy pronto, lo despidió tan cariñosa y tan cordialmente como lo había recibido. IV El infeliz X salía satisfechísimo. ¡Cuando les digo á ustedes que no era astutol Su problema, qué tan difi cultoso parecía pocas horas antes, estaba ya resuelto. Decididamente Dios aprieta, pero no ahoga. La Fortuita, que le había vuelto la espalda, se le presentaba otra vez con faz placentera. Pero Fabio no consiguió hablar másal ministro. Xunca tenía la suerte de hallarlo visible. Una vez, S. E. estaba firmando; otras, despachaba con los oficiales de secretaría; algunas, iba al Consejo; muchas, presidía Juntas; nada, que era imposible abordarlo. Fabio X acudió al recurso de escribirle; su primera carta tuvo inmediatamente contestación muy afectuosa; el ministro no le olvidaba; estaba resuelto á servirlo, y lo serviría pronto; p- rn orn x- roñín hii ir una oportunidad, llevar á cabo una combinación: 4 T. I 1- iK ir i ií. -j. La contestación á la segunda carta se retrasó i! i i- y i i.ii ¡c- ia iii? ni siempre el ministro estaba en servirlo y favore ci ilii, ¡i- T. i l.i iliii ides eran muchas, loa compromisos innumerables; I f. i idi r- uo obstante, buscaría, procuraría encontrar algo. í i iii Mi. i- y vinieron cartas, cada vez más perezosas y menos expre si vas cada vez, hasta que para una carta apre miante ya no hubo respuesta. Convencido X de que su dulce y cariñoso llt amigo se había burlado de él, escribióle una y- carta, la última, enviándolo muy enhoramala y á freír espárragos ó á escardar cebollinos, y diciéndole entre otras cosas: Fuiste siempre badulaque, insustancial y huero, y eso contij. y núas siendo ahora, con la circunstancia de pro ceder como un mal hombre. Ko digo, aunque podría decirlo, que tuvieses obligación de servirme; pero te niego el derecho á burlarte de mi desgracia. El majadero y el bobo y el imbécil he sido yo, tomando por hombre formal y serio á quien ha sido siempre un trasto y tuvo desde niño veleidades y partidas de chica mal criada. X- V Fabio X, después de escrita y puesta en el correo aquella carta, se sintió como desahogado. Comprendió, no obstante, que entonces comenzaban para él las graves angustias, los ahogos crueles, el calvario de la existencia. Y llegaron los días sin pan, las noches sin abrigo, las horas interminables, la lucha imposi ble contra enemigos impalpables, que son todos y no es ninguno. Muchas veces, como si le complaciese ahondar con ensañamiento feroz en sus propias heridas, situábase Fabio en la puerta del Ministerio, á la hora de entrar ó de salir los empleados. Allí, acurrucado en cualquier riacón, recatándose tras del pedestal de alguna estatua, veía desfilar numerosa legión de empleados, que más afortunados que él, hablan conseguido, ¡sabe Dios por qué y cómoí, tal vez sin necesitarlo, un puesto que habría sido para él una fortuna. Fabio conocía á muchos, sabía sus historias, había averiguado el proceso de aquellos éxitos, y se exaltaba recordándolo. Allí, ún sietemesi-