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LA ODISEA DE FABIO X CUENTO Fii) io, JMÍ) espL- tc- nn i prisioiifs son doei ani jic ¡oso muere, y donde ui uias astuto nacen can. as lilOJ i. Ü F l 5 1 ABio X no era astuto. Qué había d e s e r- astuto el pobre, si fué siempre u n alma de Diosl P o r eso n o le nacieron canas. Tuvo mucho dinero y muchos amigos; llevó algunos años de vida alegre y disipada; en ellos derrochó su fortuna y acabó por quedarse sin dinero; y, naturalmente, sin amigos; la historia de siempre. Cuando u n día se propuso hacer con seriedad el balance de su situación, obtuvo por resultado que solamente le quedaban tres cosas: Varias deudas, u n título de Licenciado en Filosofía y Letras, y una novia. Prescindió de las deudas, porque no le era posible pagarlas; no hizo caso del título (que había alcanzado, bien lo sabe Dios, sin merecerlo) porque p a r a nada le servía, y renunció á la novia, porque en tal estado d e inopia no podía p e n s a r en casarse. De modo que se halló absolutamente sin nada que pudiese decir que era suyo. Recordó entonces aquellos versos que nuestro gran Zorrilla pone en boca de u n personaje de su Don Juan Tenorio: En tan total carestía mirándome de dinero, de mi todo el mundo huía J Fabio no era h o m b r e de buscar compañía uniéndose á unos bandoleros; quiso, no obstante, probar fortuna viniéndose á Madrid, donde t a n t a s nulidades pelechan y a u n logran puestos preeminentes. Cátalo pensado, cátalo hecho. Vendió como pudo algunas alhajas que había conservado siempre como recuerdos de familia, y ahí lo tienen ustedes, apeándose de un mo desto coche de segunda, en la Estación del Me; diodía de esta muy heroica villa y corte. u vv y -Con su saquito de noche por todo equipaje- -emprendió Fabio X resueltamente la caminata, cuyo término era para él lo desconocido, y ¡hálal hálal Prado arriba hasta la calle de Alcalá, donde se le aproxima u n golfo gritando: Señorito, lléveme usté El País, que viene bueno. Poco importaba á Fabio que El País viniese bueno ó malo; pero á fin de enterarse de lo que por el mundo acontecía, tomó el papel y dio veinte céntimos al muchacho. Este, después de mirar con extrañeza á quien t a n espléndidamente pagaba los periódicos, manifestó su gratitud diciendo en son de burla: lAnda la órdiga, un panoli y se alejó voceando: El País de ahora, que viene bueno. Maquinalmente, sin darse á sí mismo cuenta de lo que hacía, desdobló Fabio X El País y hubo de fijarse en u n rótulo que, por su enorme tamaño, destacábase extraordinariamente eii la primera plana. Absurda- solución de la cñsis, se leía en aquel rótulo, y debajo, en letras titulares poco m á s p e q u e ñ a s Ministerio que nace muerto. E n t r e las infinitas cosas que el viajero desconocía, y que no le importaban, era una lo relacionado con la ciisis. Leyó, sin embargo, y no bien hubo pasado la vista por las primeras líneas del artículo, sintió que, como suele decir el vulgo, le daba un vuelco el corazón. No era para menos; en la lista de los ministros, muertos j a según El País, figuraba el n o m b r e de u n (Fulano de Tal; cualquiera; eso da lo mismo) antiguo Camarada de Fabio en la Universidad de Sevilla, que con Fabio X la había corrido en grande, á costa de Fabio siempre, por supuesto, y que se había graduado á tenazón, lo mismo que su compañero de holgorios, sin conocer ni de vist a ni de oído una sola obra de texto, y completamente ayuno de cuanto por aquel entonces constituía los estudios de la Licenciatura en Filosofía y Letras. Los pensamientos de Fabio X, pensamientos muy tristes pocos minutos antes, trocáronse de pronto en alegres. La lectura de aquella noticia cambió por completo la situación de ánimo de Fabio. Se aclararon los horizontes; desapareció la melancolía; dibujóse una sonrisa en el semblante del joven, el cual hasta sintió apetito. Seguro de que podía permitirse el lujo, ya i n u s i t a d o para él, de almorzar opíparamente como en los buenos tiempos, enderezó sus pasos hacia Fornos, comió y bebió á conciencia, y como inteligente en la materia, y una vez satisfecho aquel bienhechor apetito, pidió recado de escribir y dirigió al ministro una cariñosa carta, en la cual, después de darle u n millón de parabienes, le anunciaba su visita p a r a aquella tarde. III Como Fabio se figuraba, el ministro lo recibió con los brazos abiertos, y aun se mostró m u y agradecido al antiguo camarada; ai compañero, leal y- desinteresado, que lo visitaba sólo por el gusto de verlo y de darle la enhorabuena.