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S 1 í í i fe jí t- j jóvenes misses y aun de su institutriz, indefectiblemente hija de un clérigo. Privilegiada ciudad, que disfruta al cabo del aflolo menos de doscientos sesenta días de sol, que se asienta al pie de una colina en cuya cumbre se ve un castillo completamente ruinoso para que nadie lo tome por una fortaleza y se entristezca imaginando la obscuridad de sus calabozos bajo aquel cielo lleno de luz dorada y frente aquel mar azul, tan azul, que causa celos á los ojos azules de las misses! Hermosa patria de Garibaldi, Nike en griego; es decir, victoria, victoria de la Naturaleza, que allí, á fuerza de gracias y esplendores, consiguió esa victoria, reputada por ser la más difícil entre todas la de vencerse á sí misma. Niza sería indudablemente el campo de esa victoria si no existiese al lado suyo una nación como un puño, como un puño lleno de flores, que se llama el principado de Monaco. No hay en el mundo hombre más feliz que el ciudadano de esa nación minúscula, que tiene poco más de tres kilómetros de longitud, y ningún hacendista en los tres kilómetros. En Monaco no se pagan contribuciones. Allí iríamos á parar todos los españoles si hubiese sitio para todos, y aunque estuviéramos un poco apretados. En Monaco se goza de una eterna primavera; en Monaco no hay más cero que el de la ruleta de Mbnte- Oarlo (pero ese sale muy á menudo) La ciudad antigua, la vieja, está edificada sobre una eminencia que avanza dentro del mar, formando una península, y los monegas- 1 s; j- ¡iíC- a TERRAZAS DEL PARQUE DE MONTE- OAKLO seo de los Ingleses, próximo al mar, intensamente azul y hondamente dormido, se ven aparecer en el rigor del invierno, en pleno Enero, sombreros de paja en cabezas inglesas, mientras los que lucieron cabezas españolas el mes de Agosto frente al mar Cantábrico, sabe Dios dónde habrán dado ya con su paja, ennegrecida por las sales marinas. En tanto que los madrileños, arrebujados en nuestras capas para defendernos del estilete traidor de la Sierra, vamos por esas calles dando diente con diente, á riesgo de que se malogren muchas dentaduras postizas, los invernantes de Niza, ingleses, franceses, noruegos ó rusos, pasean su garbo á cuerpo gentil por entre las palmeras del paseo que la hermosísima ciudad ha brindado generosamente á los hijos de la pérfida Albión, ó se sientan cómodamente á tomar eZ reseo en las terrazas del Casino Municipal oyendo la música de Wagner, que interpretan famosos concertistas, y aspirando el perfume de las violetas, que nacen en Niza hasta debajo de los pies, un poco exageradamente grandes, de las ím J tm a w: i J 5 ÍV iail ¿ites FACHADA D E L CASINO DE MONTE- CARLO MONTB- CARLO DESDE LOS MOLINOS -m s J -v j j- J 9 f 5 J- ts -m ISft 1 t j m laiím f -i iTS- j írMm, h 4 s Ti ÍA SA VlfeTA G E N E R A L DE MONACO JA. TIRO DB PICHÓN DE MONTHCARLO PALACIO D E L P R I N C I P E D E MONACO