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NIZA, MONACO Y MONTECARLO f Sí coEDÁNDosB sin duda la madre Naturaleza de aquellos infelices hijos suyos á quienes r fM había heclio demasiado débiles para soportar el rigor de las bajas temperaturas, alzó con mano caritativa la última estribación de los Alpes marítimos, frente al mar Mediterráneo, creando la célebre Comisa, magnífico invernadero para hombres y mujeres de estufa; invernadero de lores y de ledíes hartos de toser entre las nieblas de Londres; invernadero de grandes duques y grandes duquesas rusos, á cuyos regios pulmones ha llegado como el puñal de un nihilista el hálito frío de la nieve de su país; invernadero de príncipes noruegos y daneses; de gente, en fln, coronada ó sin coronar, p e r o temblorosa ante el cero termométrico, é invernadero también de rosas, de violetas, de naranjos, de limones, de palmeras de todas aquellas hermosas flores y de todos aquellos gentiles árboles que nos recuerdan caricias de sol en días de primavera. Niza, la bella Niza, la victoriosa, pues su nombre, según los etimologistas, significa Victoria, comparte con Monaco la hegemonía de la famosa costa Azul ó del País Dorado, según otros le apellidan. Un río, el Paillón, la divide en dos, sin duda por ser dos también los labios que forman una sonrisa, y en su famoso pá-