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ERMETE ZACCONI os anuncios insertos en diversos periódicos de esta corte antes que el eminente artista llegase á Madrid, le declaraban el mejor actor del mundo. Posible es que el otro Ermete, ó por mejor decir, el verdadero Ermete, Ermete Novelli, sobre todo el Novelli de los monólogos, hubiera podido pedir la palabra desde donde se hallara por aquellos días; pero puesto que él no la pidió, no hemos de ser nos, otros en esta cuestión más papistas que Ermete I y único. Porque el gran Zacconi, el ma, j ravilloso intérprete del teatro septentrional, no se llama Ermete, sino Ernesto. Al menos así lo declara su partida de bautismo, aun cuando el interesado, por un capricho de artista, le haya jugado una mala partida á la suya bautismal cambiándose de nombre. Zacconi, que nació en Bolonia el lá de Septiembre de 1857, recibió en la pila los apelativos de Ernesto José, que él ha sustituido por Ermete, sustitución con trascendencia, pues por algo dicen nuestros vecinos de allende el Pirineo que el nombre no hace al actor. ¡Pero el actor se hace! Este admirabilísimo a r t i s t a hoy en la plenitud de sus facultades, asombro y delicia de los públicos, ha pasado largos días de afanes y desfallecimientos, y en los cuales para él la comida era un problema, la cena un milagro. Comenzó á trabajar en el teatro desde que pudo tenerse en pie, y sus primeros pasos en la escena fueron realmente sus prime ros pasos. Hijo de actores, nacido en plena expedición artística por las provincias italianas, vio transcurrir su infancia entre los bastidores deteriorados de los teatrillos rurales, aprendiendo al mismo tiempo á hablar y á oir al apuntador. En cuanto sus años se lo permitieron, salió ya á escena con el importantísimo encargo de entregar alguna carta indispensable para desatar el nudo, y poco á poco fué ascendiendo de portador de cartas que se deben perder á personaje que habla é interviene directamente en la acción. Cumplido el servicio militar, se separó de la compañía que dirigía su padre, contratándose como amoroso en la de Tomás Massa. Después después fué rodando de compañía en compañía con varia fortuna, papeles diversos y sueldos problemáticos. En esta dura lucha por la existencia, en este áspero aprendizaje del arte, logró ir afianzando poco á poco su hoy relevante personalidad, sin improvisaciones ni trouvailles, con hambres y estudios. Tal temporada hubo de contratarse como corista en una compañía de opereta, ascendiendo algunas noches á la categoría de partichino. Para entonces había ya representado en ciudades de escasa importancia nada menos que el JSamlet, de Shakespeare, obteniendo gran suma de aplausos y muy poco dinero. El notabilísimo actor Juan Emanuel tomólo al fin bajo su protección y fué su verdadero maestro. El admirable instinto artístico de Zacconi, sus experiencias teatrales rudamente adquiridas, hallaron guía segura en aquel actor de clarísimo talento y sólida instrucción escénica. Lanzado ya con fuerza propia, Zacconi ocupó preeminentes puestos en diversas compañías, éhizo en 1899 una toumée artística tan. sensacional como rápida con Eleonora Duse. Aclamado en Italia, en Viena, en Berlín, en San Pctersburgo y en Madrid, réstale aún conquistar París, Londres y las grandes ciudades americanas, para ser una celebridad indiscutible. Portentosamente realista en unas obras, rodeando en otras al personaje del ambiente poético que le es necesario, el gran actor italiano todo se lo debe á su genio y á su estudio, muy poco á las dotes físicas, que no le prodigó ciertamente la Naturaleza. Más bien bajo que alto; poco elegante en los movimientos; de ojos azules que expresan bondad, pero incapaces de reflejar, sin un prodigio de esfuerzo, la tensión de las grandes pasiones; duefió de una voz escasamente melodiosa y que en los momentos culminantes suena ronca, casi áspera, Ermete Zacconi es una demostración viviente de que el genio, ayudado por el estudio, puede triunfar aun contra todas las deficiencias naturales Al ver fuera de escena al primer actor del mundo, como le declaraban los anuncios de su empresario, nadie sospecharía que esto pudiese ser cierto. Pero cuando se alza el telón, Zacconi ¡ha vencido á la Naturaleza! PABLO DE E L C A N O