Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Salieron del pueblo. La calle era también camino, y el polvo formaba una especie de alfombra. Sin embargo, las chinitas, las ramillas y las pajas esparcidas por el suelo herían aquellos pies tan tiernos. Pilar, de la mano del abuelo, le decía: -Oye, abuelito; loa niños que yo he visto que andan por todas partes sin zapatos, no tienen padre ni madre, ¿verdad? Y van así para que ellos los vean y la Virgen también, ¿no es verdad? El abuelo caminaba silencioso. Todo el pasado le hablaba en aquel amanecer de aldea. Los grandes portalones de las casas que dejaban atrás, las eras, loé corralillos, el pozo de la nieve. ¡Cuántas veces había andado su hija aquel camino cuando era como la niña que ahora llevaba de la manol ¡Cuántas veces le había pisado con sus zapatos nuevos el día de la Virgen cuando era ya mocita y daba euvidia á los mismos ángeles con las rosas de sus mejillas, más frescas que las flores que llevaba prendidas en el seno y en aquella mata de pelo negro como la endrinalAllí estaba el veatidito negro de la niña para que los recuerdos le agolparan las lágrimas á los ojos. -No hay hija- -se decía en un monólogo rapidísimo. -To la han llevado de tu casa, te la han casado. Y los dos han muerto: el que te la llevó, al verla morir, se murió de tristeza, y para que tú no te vayas también, Dios te ha enviado esa manecita blanca que tienes ahora entre las tuyas. Con sus deditos de nieve esa mano te sujeta en el mundo. ¡Apriétala bien para que Dios no te la quitel Asomaba por el Oriente la franja roja de una nube iluminada apenas por los primeros rayos del día; el cielo Junto á la tierra alboreaba claridades de plata; las estrellas fulguraban con destello más lejano y más tenue; todo el campo, extendido en una llanura suavemente ondulada, aparecía á la primera luz con sus enormes surcos, BUS vereditas perdidas á lo lejos, sus verdes espigas agitadas por blandas rachas del airecillo matinal. -Abuelo- -dijo la niña, ¿qué son esas rayas negras? -Son los surcos. ¿Y por qué los hacen cada vez más chiquitos? Eres tá la que los vea así. -Allí donde se juntan todos está el cielo, ¿verdad? Y andando, andando por este camino, aquella casa grande es donde está la Virgen. Desde que tú se lo prometiste, ella nos estará esperando. ¿Nos habrá visto ya? Como vamos descalzos, bien sabe ella que tú erea el abuelo y que yo soy Pilar. ¿Verdad? -Sí, nena. Las hierbecillas y los terrones que llenaban el camino la hacían daño. No quería quejarse para que su abuelo no lo notase y se admirara de verla tan valiente. Pero una espina traicionera la hirió en el pie, y cuando ella sintió el dolor no pudo contenerse. -Abuelito- -sollozó, -mira, ¡sale sangre! El abuelo sentóse en un ribazo del camino, coronado de vides. La niña extendió su piececito herido. No veía nada jnadal ¡Estaban aquellos ojos tan torpes! Al fin halló la espina y la sacó cuidadosamente. ¡Vamos allá! ¡A andar otra vez! ¡Otra vez al camino! Cuando llegaron al atrio de la ermita, la niña iba silenciosa. No lloraba, pero tenía la cara compungida. Los dos pies, llenos de punzadas y arañazos, la dolían y la pesaban como si fueran de plomo. Entraron, y cogidos de la mano se arrodillaron ante la Virgen. ¡Qué hermosa era! A la luz de las lámparas suspendidas de la bóveda á uno y otro lado de la imagen, resplandeciente de oro y pedrería, la nieta vio que la Virgen la miraba sonriendo. El viejo había puesto en el suelo su bastón y su sombrero. Las rodillas hincadas, la cabeza inclinada hacia la tierra, los pies desnudos, manchados también de sangre. Al lado de las ropitaa de la niña y de su hermosa cabellera negra, su chaquetón de paño parecía más burdo y sus canas más blancas. Como la Virgen sonreía sin dejar de mirarla, la niña dijo en voz muy baja: -Venimos para que papá y mamá, que están contigo, vean que soy buena, y para que tú lo veas también. Y el abuelo: -Venimos para que sepas que esta niña es tuya, y si yo falto, separes de su camino las espinas y las piedras. La Virgen seguía mirándolos con su sonrisa divina y protectora. La rezaron fervorosainente; después se pusieron en pie y salieron sin hablar palabra. El campo estaba inundado de una luz mágica; el sol ardía en rayos de oro, surgiendo de la tierra esplendoroso, celeste, triunfador; cantaban los pajarillos en los árboles de la ermita; cabeceaban las espigas sobre sus tallos, ondulando al soplo perezoso del viento; poblábanse los caminos y las veredas lejanas El alba reía en los trinos de los pájaros, en las canciones de los muleros, en las campanas de la iglesia del pueblo y en la voz de aquella niña, que con sus pies descalzos caminaba hacia el porvenir conducida por la mano temblorosa de un viejo. LUIS BELLO DIBUJOS DE ALBEBTI