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CAMINO DE ESPINAS fí! f ¡Ai EA todavía noche obscura cuando el abuelo saltó de la cama. Todo el pueblo dormía; no cantaban los Sl lV gallos, ni ladraban los perros, ni caminaban por las calles las muías de labor ni las yuntas de bueyes. En aquella solemne y apacible calma de la noche, el abuelo hubiera podido creer que estaba solo en el mundo si no oyera una respiración blanda y sosegada, el aliento de la niña que dormía en un rincón del lecho con sueño de ángel. Los negros cabellos de la niña calan ensortijados sobre la almohada; en su frente, en sus párpados y en su naricilla nerviosa la luz de la candileja arrancaba nacarinos reflejos. La boca entreabierta sonreía á las hermosas hadas que pueblan los sueños infantiles. Daba pena despertarla; pero era necesario. El abuelo la llamó suavemente. ¡Pilar, niña, Pilarita, despiértatel- -Pilarita entreabrió los ojos y refunfuñó entre sueños. Mira, despiértate, Pilar, Pilurínl Los ojos dormidos de Pilurín imploraban compasión. ¡Si tengo sueño; si tengo mucho sueño! dijo con una voeecita quejumbrosa. ¡Si es de nochel- -No importa; hay que levantarse; hay que echar fuera la pereza. ¡Arriba, Pilurínl Y la levantó con sus brazos amorosos, la sentó al borde de la cama y se sentó él también, sonriéndose al ver los guiños de aquellos ojos tan lindos y los mohines de aquellos labios rojos como cerezas. ¿No te acuerdas? -la dijo. -Tenemos que ir tú y yo solitos á ver á la Virgen. Tenemos que salir muy temprano para que no nos vean más que papá y mamá, que nos están mirando desde el cielo. -Sí. 8i estoy despierta yai- -dijo la niña. -Yo quiero ir contigo. Descalzos los dos, ¿verdad? para que la Virgen vea que el abuelito está contento. Estaba despierta de veras y empezó á charlar. Los gallos que cantaban anunciando el día la hicieron reir á carcajadas. -Dime, abuelito, ¿es verdad que los gallos cantan para despertar á la gente? Y á ellos ¿quién los despierta? Y en Madrid que no hay gallos, ¿cómo saben que va á ser de día? Lo dicen los serenos, ¿verdad? Era madrileñita y todo lo del pueblo la producía intensa admiración. Las grandes vigas del techo, el piso de bastos ladrillos rojos, el velón de cuatro luces, los sillones amplios como lechos, las paredes desnudas, las puertas de cuarterones Era para ella un mundo nuevo, y le miraba abriendo mucho los ojos, preguntando siempre. ¡A vestirsel Las medias no, ni los zapatos tampoco. Ella misma se puso su enagüilla, blanca como la nieve, sin querer que el abuelo la ayudara. ¡Si sé yo solal- -decía. -Mamá no me dejaba, pero ya ves como sé. Me visto yo como una mujercita. Y se vistió como una mujercita sus ropas de luto, y luego se sentó en el gran sillón que presidía la alcoba, para verse los pies desnudos, blancos y sonrosados como flores recién abiertas. -Acércate, abuelito; siéntate aquí conmigo. Pon los dos pies como yo, así, estirados. ¡Mira qué pequeñitos son los míosl ¡Y qué blancos! Por fin el abuelo la cogió de la mano, y sin bajar escaleras, salieron al patio y después á la calle. Alboreaba. Sobre los tejadillos de las casas y sobre la negra silueta de las tapias nacía una semiclaridad tenue y azulada. Las estrellas huían de aquella luz crepuscular; pero todavía centelleaban con sereno fulgor por Occidente; no se movía el más ligero soplo de viento. Sobre las piedras de la calle empezaba á caer el rocío, y la niña saltó de sorpresa al sentir en las plantas de los pies la fresca humedad de la mañana.