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AiiL Adam, el espiritual cronista francés, en un siigeBlivo artículo publicado recientemente en Le Journal, propone la celebración en París de un gran concurso internacional de Belleza. El diario pa risionse, al mismo tiempo que secunda la feliz idea de su colaborador suscribiéndose por diez mil francos, solicita la cooperación de la prensa extranjera para la más fácil realización del proyecto. Cada nación escogerá dentro de sus regiones el tipo de belleza más perfecto, y la esencia, por decirlo así, la canela finai será enviada á París, donde un jurado especial, compuesto de representantes de todos los países, proclamará reina de la hermosura á la mujer que posea tan poderoso talismán. El proyecto de Paul Adam es verdaderamente revolucionario, porque ninguna mujer de condiciones estéticas sobresalientes podrá vivir ya tranquila ante las seducciones, ante los halagos de la vanidad de poder ser proclamada en París reina de la belleza. Muchas mamas, cuando lean estas líneas, volverán amorosamente los ojos hacia sus hijas, adivinando en ellas un próximo premio y felicitándose íntimamente. ¡Ko saben en París lo que es bueno hasta que tii no vayas! -dirán algunas en un maternal momento de expansión. ¡Si te vieran ahora con esa bhisita encarnada que te cae tan bien y te agracia tanto, no tardabas en ser reina ni cinco minutos! -Las que se decidan á tomar parte en el concurso serán objeto seguramente de toda clase de cuidados y desvelos maternales, de una preparación especial, y habrá aquello de ¡Niña, no salgas al balcón! ¡no cojas frío! ¡mira que si caes mala antes de ir á París, á otra que valga mucho menos que tú la harán reina! Algunas se desesperarán porque el concurso las coge un poco tarde, ya en las fronteras de otra edad; otras á quienes sorprende esta convocatoria escandalosamente gruesas ó extraordinariamente delgadas, buscarán el desquite á toda prisa, poniéndose en condiciones de luchar ventajosamente para alcanzar el codiciado premio. ¡Y qué situación tan comprometida la del Jurado, sobre el que ha de caer todo el peso de las recomendaciones y de las influencias más poderosas! ¡Pobre Jurado, le compadezco al mismo tiempo que le envidio por tener que intervenir en una clasificación tan simpática! La noticia caerá entre los novios como una bomba, porque los celos devorarán el interior de algunos corazones sensibles; porque, ¿qué madre que piense en el porvenir de su hija consentirá que, después de ser reina de la hermosura, hable con un empleado de seis mil rea les? A una reina de la hermosura la corresponde un Felipe el Hermoso por lo menos. ¡Y con qué orgullo presentarán los padres á la nifia, sus padres elevados á la más alta jerarquía! No comprendo cómo en el concurso no se otorgan dos premios para los padres de la belleza premiada; después de todo, hay que tener en cuenta que ellos son la causa del concurso; la fuente, que diría un jurisperito. Conozco á un apreciable sujeto, padre de una criatura angelical, que ya me ha preguntado si podrá pedir algún dinero á cuenta, porque tiene la seguridad de que el primer premio será para él, vamos, para su nifia, porque hay gente que está en todo. De resultar un gran éxito el concurso organizado por Le Journal, bien valía la pena de organizar otro com) fin de fiesta: un concurso internacional de madres políticas. Un Jurado compuesto de los yernos peor maltratados en el matrimonio haría la clasificación, correspondiendo el primer premio á la suegra que demostrase tener peor genio. Después de todo, sería un concurso interesantísimo. Pero al que había que asistir con cota de malla. LUIS G A B A L D O N