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to de que los tripulantes de ambas, en número de veinticuatro á sesenta, se auxilien en sus trabajos de astillado. Reparadas ya las barcas y en disposición de lanzarlas á flote, las operaciones adquieren gran interés y despiertan suma alegría, pues cada evolución que para ello se opera determina animadas escenas; los boyeros, jinetes sobre la testuz de loa bueyes, armados con sus garrotes- puyas; los marinos con su traje ligero y llevando vigas y lingotes; los muchachos engrasando con brochas y cargados con pucheros de brea unos, con varas y picos otros, y mil y mil detalles, hacen que la operación de eixida (salida) que siempre se verifica en las primeras horas de la mañana y cuando la calma de las aguas facilita el prolongar la entrada de los bueyes sin temor á un oleaje, merezca ser contemplada. El distinto tonelaje de las barcas obliga á que algunas necesiten hasta treinta y cuarenta bueyes, y la operación se complica. ¡Qué bello aspecto presenta á la débil luz de la mañana aquella hermosa playa viéndola desde ligera barquillal Allí, entre grupos de los que destacan muchachas elegantes agitando sus sombrillas, se ven salir en fogosa carrera á esos desventurados hijos del trabajo que sudando se lanzan á contribuir á la lluvia de garrotazos que los boyeros descargan sobre sus yuntas, llevando el compás de los golpes con su clásico arre, chaparro; arre, chaparro; las risas de los mirones confundidas con los enormes gritos é incongruencias de los que temen ver encallar sus haciendas; los chicos tirando de las cuerdas EN BUSCA UE BUEMA ENTRADA unos y esforzándose eii remar otros para ver mejor la operación, dan un sabor indescriptible á esta pintoresca operación. Al fin, izando vela, van en busca de lastre, y cuando ya botadas las sesenta y cuatro parejas llega el día de la pesca, lánzanse dos á dos mar adentro con escasos alimentos par? larga jornada. Si un temporal no da fin á sus vidas y haciendas, regresan otra vez á la playa con sesenta ú ochenta arrobas de pescado, fruto de tantos REGKESO DE LA PESCA desvelos, obsequiando entonces con el rico salmonete á los mirones que acudimos á la playa en esta época, y que en días de invierno quizá olvidamos las crudezas y los peligros de aquellos infelices. Con estás desventuras, que no son pocas, contaron siempre estas pobres gentes, y hoy, cuando más felices están gozando ese derecho que la ley de puertos concede de poder tender redes en las playas y verificar actos de pesca, en breve mucho del terreno ocupado por aquéllos a r a los fines propios de su profesión va á ser convertido en estación ferroviaria, y los ipescadores recogerán sus redes y derribarán quizás sus míseras Chozas en beneficio de intereses pérteñecieates á elementos á quienes la naturaleza hizo más, poderosos. F. P. FOTOGRAFÍAS F. K. P.