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-Parrucho. vale mas que yo. Nunca le han visto borracho, -decía el capitán. Luego, con acento de timidez, añadió: -Oásate, hijo mío, cásate tienes mi licencia ¿Entiendes? Te concedo el consentimiento- -jítunca lo acepto asíl- -decíase Juan Martín. ¡No, padre mío, no! -pensaba el joven, profundamente conmovido por respetuosa compasión hacia aquella venerable desgracia, efímera, fortuita, involuntaria- Diestra y cuidadosamente fué acompañando y guiando á su casa á su padre, y al llegar á ella y ordenar á un criado llevase al señor á su habitación, añadió severamente: -Si el señor te preguntase por mí, dile que marché de la aldea esta mañana. No digas que le he acompañado; te va en ello el pellejo ¡Silenciol Yo no he venido aquí, yo estoy en la ciudad. Bien lo sabes; marché esta mañana. II Despertóse el capitán confuso, sintiendo por vez primera en su alma el fervor de un abatimiento vergonzoso. No cabía duda; la tarde anterior se había emborrachado, y al recordarlo, tentaciones le dieron de coger el revólver y pegarse un tiro, ó de salir en busca de Sanz y de Antonio, de aquellos viejos toneles, y molerlos á estacazos. De pronto asaltóle vagamente el recuerdo de haber visto á su hijo, de haberse humillado ante él y por tal afrenta haberle concedido licencia para casarse con la hija de Parrucho ¿Cómo retroceder, si va lo había otorgado? Levantóse, salió de la habitación, preguntó por su hijo, y los criados, cumpliendo las órdenes que éste les diera, dijeron que el joven se había marchado muy de mañana á la ciudad el día anterior. ¡Cómol- -dijo el capitán; ¿no me acompañó anoche á casa? -No, señor. El señor vino solo; yo le abrí la puerta, y el señor se encerró en su habitación, -contestó uno de los criados. -jAh, mi hijo no estaba, mi hijo no me ha visto! Tal vez nadie! -se dijo el capitán. ¡Lo que yo vi fué un delirio de la embriaguez! De pronto en uno de los bolsillos del chaquetón halló los eslabones de la cadena de oro, la cadena de su I M i ii. ui i c K i i i I l i i i l i i- iiliicc n iiln di- i,iii t Y iiiK i- Hurí- i i -liUi- 1 tlili m m u i- liiiD i inia i frii i- i) i ii 1 I- 1 lU 1 I tpit 111, iK ii.iii- J -V. I i uu. i II 1 11 ii ion p. ii.i 11 pci liil.i lioM ra. Juan Martín üaóia robado á Paula. ¡Ah! lo ha hecho porque no ha visto otro medio de arrancar el consentimiento de usted, -decían Sanz y Antoñete. El capitán estaba asombrado; no comprendía aquello, no sabía qué replicar, no sabía qué resolver; sus recuerdos del día anterior y aquel suceso parecían contradictorios; pero al cabo no se hizo esperar el desenlace Juan Martín y Paula se presentaron á demandar de sus padres el consentimiento y el perdón. ¿Qué pasó por aquella noble alma del capitán? Iluminóse su mente con un rayo de luz, se conmovió profundamente su corazón, y abrazando á Paula y á su hijo, puso en manos de éste, y sin que nadie pudiera advertirlo, el fragmento de la cadenita de oro, y dijo: ¡Benditos seáis por el Señor como yo os bendigo! Vuestros hijos os honrarán, honrarán vuestras canas, como honráis tú, Juan mío, y tú, hermosa niña, las de este viejo que os ama. Jos ZAHONEEO DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA