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Y dichas tales palabras, tomó de la mesa la botella de lom y volvió á llenar la copa, bebiéndola de un solo trago. Sanz y Antonio se miraron llenos de asombro; aquel hombre tan sobrio, tan comedido, tan severo, nunca había hecho cosa semejante. Su inesperada acción sorprendió de tal modo á Sanz y á Antonio, que casi estuvieron á punto de hacer por no emborracharse aquella tarde. ¿Hablar de eso? A qué! Ir al combate en barcos cascados, llevando por máquinas unas costureras Singer y por cañones unas jeringas ¡Qué infamia! El rostro moreno pálido del capitán expresó una espantosa indignación, tan imponente, que sus compañeros se estremecieron. -B u e n o bueno, capitán- -dijo Sanz, -dejemos eso Hablemos de otras cosas. Brindemos por el desquite! y á otro asunto. Sí, por el desquite! -exclamó con colérico acento el capitán. Y bebió una tercera copa de rom! Aquello era prodigioso; ¡beber el capitán! el marino más austero del mundo! ¿Sabe usted, capitán, de lo que ahora me acuerdo? Pues de la rapariga brasileira que en Bahía nos convidó á cenar en su casa de campo Gran algazara tuvimos allí toda la tripulación! -dijo Sanz. ¿Y la zambullida que se llevó el inglesóte aquél que se permitió bromear con el capitán? -añadió Antonio. -Buena fué- -dijo, ¡caso bien singular! sonriendo el capitán, como entregándose de buen grado y por aque líos recuerdos ala francachela. -Quiso el babieca tocar á la visera de mi gorra, y de un papirotazo le eché al agua. Poco á poco fué animándose la fisonomía del capitán; enrojecíase su faz, chispearon sus ojos, bebió más, charló y llegó á lo inverosímil llegó á canturrear, acompañando á sus a m i g o t e s y antiguos subordinados. ¡Qué hervor sentía en el cerebro! Con qué desatinada velocidad en aquella juiciosa y siempre serena inteligencia se sucedían las ideas! Inquieto, desviado, veía que todo giraba en torno suyo Creyó estar á bordo... y mandó en voz alta una maniobra- ¿No oís? dijo después. Estáis borrachos! Al pronunciar esta palabra, como si ella le hubiera devuelto en parte la secuestrada conciencia, púsose en pie y vióse impedido á salir del tabernucho á escapar dejando allí á Sanz y á Antonio amodorrados. Dando traspiés salió, perdió el tino, pero volviendo á enderezarse hizo por caminar y anduvo algunos pasos. Pero tropezando no pudo sostenerse y cayó pesadamente al suelo, hasta que poco después alguien le ayudó á levantarse y le puso el sombrero en la cabeza. A pesar de la turbación que velaba sus ojos, el capitán creyó reconocer á su hijo. ¡Su hijo! ¡Qué bochorno! ¡qué afrenta! No obstante la borrachez, el capitán sentíase aterrado, humillado; su altivo carácter, su varonil entereza acababan de hundirse. ¡Hijo, no estoy! ¡Lá boca me amarga! ¡Juan Martín! Juan yo- -decía el capitán, en tanto que el joven procuraba ocultarse á la vista de su padre y que éste alargaba la mano para agarrarle de la ropa y acercárselo á sí. En una de dichas tentativas, prendió el capitán la cadena del reloj del muchacho, y sin que éste lo advirtiese, de un tirón quedóse el marino con parte de la joya, y cerrando fuertemente la mano, retuvo en ella los eslaboncilios.