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EL HIJO BEL CAPITÁN CUESTO ORIGISÍAL ADA, chico, nada. Ya ni nos deja que le hablemos del asunto; es terco y más recio que un cable embreado, -dijo el veterano Sanz. -Pero yo, por mi parte, he de volver á mi tema, ¿estás tú? No te desanimes, muchacho; si éste ha sido piloto, yo he sido carpintero de á bordo, y con mi barrena taladro un acorazado, -añadió Ginés. Luego los dos marinos viejos, inseparables camaradas, insaciables beb e d o r e s animadamente hablaron, cuándo uno, cuándo otro, y en algunos momentos á la vez, afirmando que no habían perdido la esperanza de convencer al capitán para que con sintiese á su hijo casarse con Paulita. ¿Por qué no? si era una chica muy linda y muy hacendosa. ¡Miren qué fundado motivo para oponerse á ia boda tenía el capitán: que la niña era hija de un pobre pescador! Ginés había navegado dieciocho años á las órdenes del capitán, y el piloto mucho más tiempo ¡Cómo no habían al fin de convencer á éste! Desde hacía más de un mes le visitaban, le acompañaban á paseo desde la aldea á la playa; habían salido juntos algunos días en el balandro, doblando con viento y mar la punta del Proriño y recordando aventuras pasadas, peligros terribles y lances de guerra. Esperaban obligarle á que no fuese cruel con su hijo. -Le conozco- -exclamó con desaliento éste, Juan Martín, añadiendo: -Es de hierro, es inquebrantable. Jamás consentirá en que yo me case con la hija de Parrucho Repito que el capitán es de hierro; sólo al fuego del noble y ardiente amor de mi santa madre hubiera podido ablandarse la voluntad de mi padre pero mi madre, ¡ayl mi madre no existe Habré de hacer una locura. ¿Cuál? No hagas desatinos, muchacho, -replicó el viejo piloto. -El último extremo robar á la muchacha Parracho entonces pedirá por su honor y motivo de honra fué siempre ley para mi padre. -O para que te rompa un hueso Ten calma, espera; ¡quién sabe! puede que éste, que ha puesto parches en muchos agujeros, tapone el casco y lleguéis á puerto, ¿verdad, Antoñete? -Haremos una nueva tentativa- -contestó el carpintero. ¡Que si quieres! Pasaron días, y nada lograron los viejos, sino que el terrible capitán, cejijunto y airado, ordenase á sus amigos que no volviesen á mencionar el caso. Toque de silencio. Sanz y Antonio seguían acompañando al capitán, y hasta lograron que éste entrase una ó dos veces en la taberna, pero sin que hiciera más gasto que el de una diminuta copa de rom; se hablaba de todo menos del tema prohibido. ¿A cuántos estamos? A tantos Faltan tres días para la famosa fecha, aniversario del combate ¡Triste fecha! Aquel día se reunirían en la taberna los tres para charlar de aquellas tremendas cosas, á solas, donde nadie pudiera oírlos, donde les fuera dado protestar, lamentarse, consolarse de su desdicha, de laa desdichas de la patria Alto, erguido, sin arrogancia, airoso sin alarde, mostrando muy marcada en el rostro la nobleza y en la despejada frente la inteligencia, escuchaba el capitán con grave silencio la charla brusca y atropellada de sas amigotes, y hubo un momento en que les interrumpió: -No se puede hablar de esto más vale olvidarlo.