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ifl H W- í K O VELAS EELAMFA OS t- j- YE: K OAII ÍL COBARDE: 1 que estuvieran ustedes de acuerdol Hoy mismo se ha despedido el que usted pretende sustituir. If íB- -Y tan de acuerdo. ¡Como que yo le he buscado otra plaza mejor para que me dejara la suya! Quiere decir que he llegado en buena hora. -Pero yo no puedo admitir á nadie en mi casa sin más ni más, sin alguna referencia- -No las tengo. Soy forastero en la población. Pero, para empuñar unas riendas, ¿qué fianzas hacen falta? No bebo; no haya miedo, pues, de que alguna vez lleve los muertos al galope. Y en cuanto á saber, sé mi oficio lo bastante para no quedar mal. ¿Quiere usted que se lo demuestre con esa carroza que va á salir? -No. hay. inconvehiente. Sabe al pescante. (No cabe duda que lo entiende. Se le conoce en el modo de agarrar las riendas. ¿Qué haces, hombre? ¿Crees que por mucho que fustigues á los caballos, que son ya viejos y mansos, á propósito para este servicio, se van á ir á la empinada? ¡De primera esa vuelta! ¿Sirvo? -Tienes unos paños superiores ¿Dónde has servido antes? -En buenas casas, señor. Y aunque me esté mal el decirlo, nadie me ha ganado en mis tiempos á llevar un coche por la calle de Alcalá, de Madrid, á la salida de los toros. -Pero sabiendo tan bien tu oficio, ¿te contentas con guiar coches fúnebres? -Estoy cansado, enfermo. Vengo buscando un clima blando. Conque ¿me toma usted? -Te tomo. Me gusta la gente resuelta. II- -Más de dos años esperando en lo alto de este pescante, como un árabe á la puerta de su tienda, y nada, la muerte esgrimiendo su hoz por otra parte, segando en ñor vidas jóvenes como la de esta pobre muchacha que hoy vamos á dejar en la tierra y que sería hasta ayer la primavera de un hogar ¡Pobres de los que se quedan, á los que les toca el suplicio de acordarse! ¡Acordarse! ¡Qué cosa tan horrible es acordarse! Si no tuviera uno memoria, las heridas del alma se cicatrizarían alguna vez. Si no existiera, no iría yo en este momento camino del cementerio con las riendas de una carroza fúnebre en la mano. Estamos á la mitad de la jornada. He ahí el ventorro en que todos los compañeros se detienen á la vuelta á beber. ¿Por qué beberán siempre? ¿Será que al cabo de pasear tanto la muerte es preciso pedir fuerzas al vino para llevarla? Hemos llegado. ¡Cuándo veré abierta esa puerta por la justicia divinal ¡Parece que ese hombre tiene un amuleto para defenderse de la muerte! III- ¿Por qué has fustigado á los caballos, cochero? ¿No veías que venía yo á escape con mi coche para cruzar la carretera antes de que tú llegaras? -Porque á la muerte se la cede siempre el paso. ¿Cómo? ¿Tú? ¿En ese pescante? -Yo mismo, esperando el día en que te lleve á enterrar en mi carroza. Acuérdate que te lo prometí. ¡Miserable!