Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
sar la de San José, una bala de las muchas que por allí cruzaban hirió en un brazo á la seña Remedios, que sin cuidarse del dolor ni de la sangre que perdía, obstinábase en seguir adelante. En la calle de Levies encontraron una ambulancia de la Cruz Roja, que recogió á la herida, llevándosela al hospital de sangre que unas piadosas monjas habían improvisado en lo que fué convento de San José, y una vez acogida y curada allí la anciana, Mercedes continuó resuelta su peligrosa odisea en busca de Frasquito. Qué riesgos de muerte arrostró y qué siniestras escenas presenció por aquellas espantosas callesl Sitios había donde los montones de negros escombros y los haces de maderos incendiados le cerraban el paso; parajes donde los desplomes de las opuestas manzanas se cruzaban, cegando las calles con sus enormes detritus. Hogares halló volcados trágicamente en medio de la calle; reliquias de amor y devoción anegadas en el fango negruzco, en aquel lodazal de petróleo, tierra y hollín que lo manchaba todo; vio cuadros de santos hechos jirones; una cuna dé mimbres incendiada; montones de libros humeantes; un gato achicharrado, tumefacto y ya en descomposición; un retrato y un paquete de cartas ardiendo entre el cascote: todas las intimidades domésticas profanadas, caídas en el arroyo. Ella no quería ver nada; pero todos estos horrores le salían al paso, la manchaban con sus negras cenizas ó la quemaban con sus rojos tizones. Y con los pies llagados y heridos de pisar brasas, clavos y cristales, unas veces rodeando, otras huyendo de los hundimientos, otras perdida en aquel laberinto incendiado como en región de pesadilla, llegó á la calle del Vidrio y salió á la Puerta de Carmona, donde los soldados de Pavía y las gentes del Cantón se batían ya cuerpo á cuerpo, y en el huir desesperado y en el salvaje embestir lo arrollaban todo; pero Mercedes no veía nada, no retrocedía ante nada, y preguntaba con demente obstinación á aquellos poseídos: ¿El cabo Llamas? ¿dónde está el cabo Llamas? Nadie la oía, nadie reparaba en ella; su voz se perdía en el bárbaro fragor de la lucha, y los círculos de aquel ciclón de muerte la envolvían en sus vertiginosos giros. De pronto una áspera voz contestó á la suya: -El cabo Llamas, que ya no es cabo, sino arferes, está en la Puerta de la Carne; si quié verle vivo, nifia, vente, que pa aya voy yo, -gruñó el tío Trinquis, el repartidor de agnardiante, que iba hacia donde dijo, cargado de cartuchos, de que habla allí grande falta. Oyéndolo sintió Mercedes que le nacían alas por todo el cuerpo; y como si los llagados pies no le sangraran, como si quedaran energías en su agotado organismo, comenzó á correr, llevada de su deseo; y alejándose, oía la voz del tío Trinquis, que seguía narrando las hazañas y ascensos de Frasquito. -Esta mañana me lo jisieron sagento, y cuando s estiró er capitán Quintales, er tiniente le arrancó ar muerto una de las estrellas, y con un arfllé se la apuntó ar señó Llamas en la manga erecha, y cátatelo oflsiá! digo, si es que no lo han matao, porque está Jecho un león y- -Mercedes no oyó lo demás, porque aturdida y jadeante salió de la calle del Vidrio, entró en la de Céspedes, y volvía ya á Santa María la Blanca, cuando un grupo de cantonales fugitivos que corrían arrojando armas, gorras y correajes, la arrolló en su ciega desbandada. Dios mío, esto es que entran las tropasl ¿qué será de Frasquito? -pensaba Mercedes, refugiada en el hueco de una puerta. Cuando pasó el tropel, emprendió de nuevo su ansiosa carrera, y despreciando infinitos peligros, sorda al formidable estruendo del combate, ciega á las masas de hombres que la empujaban y oprimían, insensible á los golpes, indiferente á la muerte, poseída de un solo deseo, de iin anhelo infinito, llegó ante el mismo parapeto de la última barricada á punto que se cruzaban los postreros tiros, á punto que las gentes de Pavía tomaban carrera para lanzarse como tigres á la bayoneta. ¿A dónde vas, mi vida? -gritó una voz que la estremeció hasta el fondo del alma; y en lo alto del parapeto, envuelto en humo, alumbrado por los fogonazos de las descargas finales, negro, desencajado, frenético, hermoso con la trágica y salvaje hermosura de un héroe ó de un poseído, vio Mercedes á su novio que ostentaba en la manga derecha del roto uniforme una estrella bañada en la sangre que le corría del brazo, y con el fusil enarbolado á modo de maza en la mano izquierda, se aprestaba temerario á recibir el bárbaro asalto á la bayoneta. Apenas si los ojos de la muchacha pudieron llenarse de aquella visión hermosa y terrible que duró lo que el esplendor de un rayo, porque Frasquito, herido en mitad del pecho por una de aquellas postreras balas, rodó dando vueltas desde lo alto del parapeto y fué á caer á lo hondo de un hoyo que cerca de las casas de la acera derecha se abría entre montones de tierra, de colchones y adoquines. Allí se hundió también Mercedes asida al cuerpo de su adorado; allí se abrazaron con ansia infinita en el sublime impudor de la muerte. El herido quería hablar, y las angustias mortales y la sangre que le brotaba de la boca se lo impedían; Mercedes mojó su pañuelo en un cubo de agua que allí había y lavó la cara de su novio, mojó sus labios sedientos y empapó sus sienes; con lo que limpió de su máscara de humo, el rostro del muchacho apareció en toda su varonil hermosura, pero velado ya por la trágica lividez de la agonía. Mercedes, al ver la descomposición de aquel adorado semblante, creyó que el alma se le rompía en pedazos; y en tal momento, un estrépito salvaje resonó sobre ellos: los adoquines del parapeto rodaban empujados por una fuerza invasora; por donde quiera sonaban gritos de muerte, aullidos de venganza, y un sordo tropel como de huracán desatado ó desbordada marea lo Ue 7. J naba todo con su creciente oleada; era que miles de pies ho j; tí liaban el parapeto; que millares de hombres corrían por la brecha como tromba desencadenada; que los infantes de Pavía entraban á la bayoneta, ciegos, frenéticos, arrollándolo todo. Un grupo de soldados, poseídos del vértigo de la matanza, asomó por el negro agujero donde yacían Frasquito y Mercedes; por un momento pareció que sus bayonetas ensangrentadas y hambrientas iban á cebarse en los cuerpos de ios novios Pero no; los vencedores retrocedieron un paso, y se les vio volver las caras, como poseídos de emoción y respeto: lo que habían visto podía más que el furor de la victoria, era el amor y la muertel y pasaron. En un momento de postrera lucidez, el moribundo se llevó la mano sana al pecho, arrancó de él un escapulario empapado en sangre (todos aquellos herejes llevaban el suyo) y dijo á Mercedes: Toma para mi... madre y y- -la extrema agonía cortaba su voz estertorosa, pero aún quería hablar, seobstinaba en decir algo- -y... dile... dile- -acabó haciendo un supremo esfuerzo- -que maldita sea la F e i e r a l l- Y expiró sin haber sospechado lo que era. BLANCA DB LOS RÍOS DE LAMPÉREZ