Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
é- -i f j de Encisos, por donde habían logrado e s c u r r i r se. Quítate aya, cachorro! pronunció el intrépido Tirabeque con las pupilas dilatadas por el miedo; y cuando metió las narices en Santa María la Blanca estuvo á punto de caer -arriba de espanto. ¡Perdigón, Perdigón, Tirabeque, aquí! (na voz conocida y que ejercía sobre ellos decisivo influjo, ue partía del propio lugar del combate, por lo que los chiquiT (mblaron sobrecogidos. ¡Perdigón, Tirabeque, aquí ahora II 6 la voz formidable; y las criaturas, lívidas y castañeteando j dientes, acudieron al llamamiento. La voz imperiosa era la de Frasquito, bien la conocían; pero aquella cara negra, alargada, terrible; aquellas pupilas ñeras y llameantes, ¿eran las suyas? ¡Aquí, morraya, aquí de gorpe á trae cubos de agua pa refréscale las entrafia á este berrendo! -ordenó Frasquito, señalando á un cañón de viejo sistema que asomaba la humeante boca por la de la calleja abierta entre un palacio y una casa célebre por su patio y azulejos mudejares. El artillero que servía la pieza cayó muerto á los primeros tiros, y apoderado Frasquito de ella, no se sabe por qué recóndito misterio estratégico la imponente máquina había de cargarse dentro del callejón, y ya cargada, á poder de cuerdas, muías, hombres, reniegos y blasfemias, sacábanla á la calle, y una ven allí, mejor ó peor apuntada, ¡brúm! hundíase el barrio con el estrépito del zambombazo. Desde que Perdigón y Tirabeque entraron al servicio de la terrible chocolatera, caldéeseles la sangre belicosa, y recordando con desprecio sus primeras armas de mentirijillas en las batidas del Muro y Puerta Real, hallábanse dignos de los rojos bonetes que honraban sus altaneras frentes; fiebre guerrera enardecía NUS corazones, ansia de gloria dilataba sus pechos varoniles, y cuando desde lo alto del parapeto vieron caer á los soldados de Ramales barridos por la metralla, cuando les vieron huir poseídos de pánico, sus voces poderosas se mezclaron al coro atronador de aclamaciones y relinchos de gloria que ensordeció á Sevilla. ¡Qné fiebre aquélla de entusiasmo, de fuego y de muerte! ¿Qué digo fiebre? fué un delirio, un frenesí, una hidrofobia, un tétano que (iuró tres días. Pero tres días en los cuales no había días ni noches, ni descanso ni alimento ni medida del existir. Las horas de aquellas jornadas trágicas no se sucedieron con la inexorable sucesión del tiempo; cayeron unas sobre otras y se fundieron en una masa informe de fuego, humo, sombras, relámpagos, sangre, espanto y terrores indescriptibles. Mientras las balas de los remington de las tropas, cuyo alcance asombró á los sevillanos, atravesaban la ciudad de extremo á extremo, los cañones cantonales vomitaban metralla contra las filas de Pavía, y por lo alto de las casas de San Bartolomé y San Esteban cruzaban negros demonios derramando latas de petróleo, pastillas de azufre y pólvora, y pelotas de estopa encendida, que determinaban súbitos incendios: cuando las llamaa subían al cielo, y las maderas crujían y los pisos se quebrantaban y corrían espantadas las gentes, y el estrépito, el polvo y el horror de los desplomes ensordecía, cegaba y helábala sangre, acudían en tropel las bombas de incendios pérfidamente llenas de petróleo, y. al caer sobre aquellas hogueras ríos del inflamable líquido, nubes de humo negro y densísimo se amontonaban entre los muros en apre tados cúmulos, oíanse entre pa, redes y viguerío hondas regurgitaciones y estridentes estallidos, y allá iban, más altas que la Giralda, las gigantescas llamas rojiazules, que palidecían ante la llama viva del sol, que amenazaba calcinar la tierra. Al amanecer del día tercero se hizo un silencio hondísimo, una calma pesada, un reposo de sepulcro. Era que los hombres de aquende y de allende las barricadas caíanse á tierra rendidos al cansancio: la animalidad, exasperada por el largo- ayuno, por la bárbara tensión nerviosa, imponíase brutalmente, eclipsando en ellos la conciencia, é indiferentes á la muerte ó á la vida rodaban como odres lacios, quedándose dormidos sobre charcos de agua y sangre, sobre montones de agudas pt? dras, sobre cajas de municiones ó sobre los mismos troncos rígidos de los cadáveres. Frasquito, como todos, cayó en aquel aplastante sueño; pero cuando la luz del amanecer se derramaba tibia y lechosa sobre el horrible escenario, despertó dolorido y ataraceado por las durezas del aspérrimo í lecho formado por un montón de adoquines, donde hacía de almohada una de las ruedas del ya inutilizado cañón. Angustiadísimo despertó el mozo con la cruel VI pesadilla de que un soldado de caballería le cortaba f á cercén la cabeza, como W si sintiera hundírsele en el cuello el tajante sable, al paso que un cuerpo duro, sin duda la rodilla de su enemigo, le oprimía el estómago á punto de asfixiarle. Ya despierto, reconoció que el duro filo que le degollaba no era sino el de la llanta de la rueda sobre el cual gravitó su cuerpo dormido hasta hundírselo en la garganta, donde conservaba hondísimo surco; y vio que el grave peso í que él tuvo por rodilla de su enemigo no era sino la cabeza espelurciada del gran Perdigón, que despojada de la gorrilla reposaba sobre su estómago como en la más blanda almohada. ¡Pobres criaturas- -pensaba Llamas acomodando á Perdigón contra un saco de lana sobre el cual dormía el otro arrapiezo, -qué amarillos y desencajados están los inocentes! ¡Entretanto sus madres! Este nombre despertó súbitamente en él el recuerdo de la suya. ¡Madre de mi vida! -clamó en sus entrañas la voz interior- ¿qué será de ella? Probó á levantarse y halló que las piernas no le sostenían, y tropezando y cayendo fué á dar en el parapeto de adoquines contra el cual dormían, como tron eos, los centinelas, y como las fuerzas le faltasen, tendióse sobre un montón de sacos que dominaba la improvisada trinchera. Desde allí, y al pie del parapeto, descubrió un grupo trágico; dos soldados muertos que yacían uno sobre el otro. El de arriba cayó de boca atravesado sobre el compañero; era un tronco amorfo del cual no se destacaban sobre el uniforme enlodado y la tierra sangrienta sino las suelas de las alpargatas y la funda y cogotera blancas del ros. El de abajo había caído de espaldas con las piernas y los brazos extendidos en cruz; Frasquito veía perfectamente sus pies amarillos como la cera cruzados por las negras cintas de las alpargatas, sus manos crispadas én el espasmo de la muerte, su cárdena boca abierta al exhalar el espíritu y en sus pupilas vidriosas cuajado el espanto de la última pairada; la luz del amanecer, resbalando por aquella faz marmórea, aumentaba el horror de su inmovilidad de estatua. ¡Pobre mozo, en la flor de su vida! -sintió Frasquito. ¡Y tendría madre y tendría novia! ¿Y todo por qué? ¿por qué? ¡Dios mío! Como si dentro de eu corazón se rompiese un enorme témpano de hielo, el cabo de cantonales sintió que toda el alma se le derretía y que toda la sangre se le hacía lágrimas. Aquel estallido del sentimiento, aquella reacción de la conciencia determináronse en enérgico, arrollador deseo. ¡Sí, sí, quiero verlas, necesito verlas, no quiero que me maten sin haberme hartado los ojos de mirarlas! -Y la imagen de Mercedes y la cara llorosa de la seña Remedios se dibujaban distintamente en el espacio por delante del pobre soldado, que también tendría madre y novia y no volvería á verlas. Tan grande era la exaltación de Frasquito, que sintió ganas de bajar y poner en aquella helada frente el beso que no podía darle su madre; pero mayores ímpetus le impulsaban á ir á arrojarse como cuando niño en los brazos de la suya y sentir en las mejillas los besos hambrientos y las calientes lágrimas de su vieja. ¡Sí, él no podía ir á la muerte sin aquel viático de amor! Quiso levantarse, pero sus miembros no le obedecían; un intenso calofrío sacudió su cuerpo, y cayó en un marasmo invencible, á través del cual sentía que su voluntad iba como desasida del cuerpo, llamando inútilmente á los sentidos. ¿Si estaría él también muerto como el infeliz soldado? Pero no; al cabo de largo, larguísimo tiempo, comenzaron á picarle Jas carnes con el ardor del sol; sonaron clarines fuera y dentro de la ciudad pasó el tío Trinquis repartiendo el aguardiente, y alguien le puso en los labios una copa de aquel líquido fuego, que él apuró con ansia. Después llegó el señor Quintales, capitán de su pelotón; sacudióle fuertemente y le dijo: -Oabo Llamas, por su g ííe comportamiento de ayer, es usté sagento. Frasquito se encontró instantáneamente de pie, erguido, cuadrado, en arrogante postura militar. El calor del sol, el rescoldo del aguardiente, la voz de los clarines, las palabras del capitán, caldearon de nuevo su sangre meridional. ¡Ahora vuelvo á ser hombre! -pensó; y arrepintiéndose de haberlo sido aquella madrugada, tornó á sentirse fiera y se lanzó ebrio de entusiasmo, sediento de acción, al bárbaro torbellino de la ya empeñada lucha. Entretanto, ¿qué había sido de su madre y de su novia? Adivinando con el certero instinto del amor la tregua que el cansancio impuso á los combatientes, antes que clarease el día Mercedes y sefíá Remedios salieron quedamente de la sala donde dejaban dormida á Pastora, y guiadas por la ciega fe de su cariño lanzáronse al imponente dédalo de las calles erizadas de peligros. Fácilmente vencieron los primeros obstáculos, porque el sueño de los centinelas dejábales por todas partes el paso libre; pero tenían que subir verdaderos montes de adoquines y saltar desde lo alto de parapetos de uno ó dos metros de elevación, ó pasar llenas de susto sobre los cuerpos de los dormidos guardianes; así fueron desde la calle de Santas Patronas á las Gradas de la Catedral, y de allí á la Borceguinería, dirigiéndose por las de Fabiola y Farnesio á Santa María la Blanca; pero ya en la esquina de esta última, un muchacho á quien preguntaron por el cabo Llamas díjoles por error que éste se hallaba en la Puerta de Oarmona, y las pobres mujeres, sin medir el peligro que arrostraban, corrieron á meterse en el barrio incendiado de San Bartolomé por la calle de Levies; pero al atrave-