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P O R LA R E P Ú B L I C A NOVELA DE DOÑA BLANCA DE LOS RÍOS DE LAMPÉREZ. ILUSTRACIONES DE HUERTAS D E L C E R T A M E N L I T E R A R I O D E a U L A K C O V NEGROl (Conclusión. 1 (77 1 sin más ceremonias, Mercedes vSjfl y BeñA Remedios se abrazaJ J ron llorando á mares, confundiendo en aquel abrazo todo el amor que las dos sentían por el terrible sectario. -Yo m ajogo, seña Remedio, no só palabra de Frasquito, y disen quet hoy se va á ante Sevilla; vamos á buscarlo. -Vamos, -sollozó la madre. ¡Aguardase ustede- -gritó Pastora, -que cuentan que por ese infierno de ca lies no puén pasa las mosita; dejen, que yo iré antes á busca argo que come, y echaré una mira por ese jerviero. Cuando salió Pastora, Remedios y Mercedes volvieron á abrazarse, y no acababan de decirse cuánto querían á Frasquito, lo bueno que era y la rabia que las dos tenían á aquello de la República. Cuando más enfrascadas estaban en sus confidencias ipúuuml ipróooml jSevilla se venía abajol ¡Santo Cristo de Torrijol ¡Vinge de Consol asión! ¿qué pasa? En esto, apoyada en los bizarros Tirabeque y Perdigón, llegó Pastora más j blanca que el papel. ¿Qué tenía? Entre f los dos valientes contaron lo sucedido. -Ná; qué yo y Perdigón nos queamos ahí en la esquina liando un pitiyo y I oyendo á esos malagueños, que isen que mos vamos á traga á las tropas- ¡Bueno, acabal- -ordenaba la sefiá Remedios. -Pa abrevia- -intervino Perdigón, -que yo y ese estábamo ahí plantao cuando salió esta señora, y conforme salió, una siudadana cantónala de ahí á laverasartó chiyando: ¡A esa, á esa, que euiia sivilah y ¡cabayerol se güerven los malagueño, y ¡casi nál que si no es porque cuando ya me la tenían trinca ¡catarrataplúm! ¡plúml sonó lá primé andana y apártame toa á Juí, la espeazan. ¡Gi asiaa á la Virgen Santísima que te ha librao, madresita mía! Pero estáte tú aquí aguanta y vamonos á traernos á Frasquito, sefiá Remedios, que nos lo van á mata. ¡Prrúni! ¡prúm! ¡plómbl el primer cañonazo. ¡Vamonos, vamonos volando! -gritaba la pobre Remedios; pero faltáronle las fuerzas: su congoja, su miedo y su debilidad- -llegaba tres días de no comer fueron tan grandes, que cayó casi desmayada en una silla; Pastora comenzó á echarle agua en la cara, pero Mercedes seguía gritando: ¡Vamonos, vamonos, seña Remedio! ¿Qué te has de ir, atrevía más que loca? -voceaba su madre; y Mercedes lloraba convulsivamente, insistiendo en su desatinado empeño. -No s aflija usté, seña Mersedita- -dijo el gran Tirabeque, -ahora no premiten anda mujere po las caye; pero nosotros, que somos hombres y cantonales- -y mostraba las gorrillas marcadas con la i? y la J -ireinós á buscarle y le traeremos aquí si usté quiere. Este sabe dónde está el pelotón en que va el señó Llamas. ¡Sí, eso, eso, que vayan! -exclamó seña Remedios, hallándose incapaz de ir ella misma. -Que vayan y le digan que yo me he puesto mala y quiero verle. -Y en cuantito que entre (al oído de Mercedes) le trincamos tú y yo, ya verás- ¡Sí, hijos míos, dir vosotros, que sois dos valientes! ¡Como me lo traigáis, os vais á ganar más achuchones y más cuartos! -y los besuqueaba, llenándolos de lágrimas y babas, con grave mengua del alto decoro de tan bravos campeones. Limpiándose las caras con las mangas de las blusas, salían los dos héroes, cuando ¡prrróm! ¡próom! ¡púm! ¡aquello se ponía muy feo! Tirabeque sentía que las piernas se le blandeaban, y muy bajito preguntó á Perdigón, como protegiéndole: ¿Tienes miedo, niño? -El amor propio del guerrero se ofendió gravemente, y aunque temblando como un azogado, contestó con estoico desdén- ¿Yo miedo? Como no lo tengas tú, ¡puna les! -Y más muertos que vivos, echaron á andar hacia el lugar de la refriega. W BN LAS BAEEIOADAS Cuando con tanta curiosidad como terror llegaron á él los dos gurripatos mensajeros, ¡qué habían de acordarse de su mensaje, ni de seña Remedios, ni de nada, si la Puerta de la Carne era un brasero, un volcán en erupción, el mismo infierno con sus calderas hervorosas, sus demonios tiznados, sus aullidos espeluznantes y su atmósfera negra, borrascosa, ílamígera, densísima de polvo, humo, petróleo, pólvora, sangre y lumbre viva! -Cámara, ¡la fin der mundo! -chilló Perdigón, asomando el hociquito ratonil por la esquina de la calle