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LOS OJOS DEL GATO ADIK lo supo; ni ¿quién había de sospechar el origen de aquella fortuna? -Todo esto- -decía para sí el honorable D. Alejo- -se debe á bien poca cosa. Y al decir todo esto paseaba su mirada, limpia y casi alegre, por la lermosa fábrica de conservas, por el laboratorio de abonos, por los almacenes de sal y le aceite de pescado, por el embarcadero nuevo, por la casa blanca como un dado, como un gran bloque de mármol, detrás de la cual se extendía el bosque de pinos y eucaliptus... Obra suya era todo aquello; antes, allí no había nada más que arena. Colinas blancas como lontones de sal, rocas negruzcas, aguas alborotadas, espumarajos, algas pudriéndose al sol... 3 tal, nada. Y él lo había hecho todo; y aún quería hacer más: necesitaba un ramal de ferrocarril; el uertecillo no era suficiente. Entre marineros, operarios, guardas, maquinistas, formaban un ueblo, un pueblo que se iba ensanchando detrás de las dunas, en los linderos del bosque. Y el tal D. Alejo, cada vez que salía fuera de la casa, repetía su cantilena, muy bajito, como a secreto que confiaba al cielo, á las olas y á las brisas: Todo esto se debe á bien poca cosa. Y se restregaba las manos, acariciaba á sus nietos y comía mejor. Pues, seflor, que llegó un día en que las ondas traidoras se llevaron á Manolito, el nieto layor, de sangre marinera y atrevido como pocos. Se supo que se lo habían llevado, cuando devolvieron, macerado el cuerpo, los cabellos comidos por los cangrejos repugnantes, la ira desgarrada por los picos de la roca Fué un gran duelo. El anciano tuvo que pensar en hacer otra casa para la familia, allá leis, en el cementerio del lugar. Y vinieron mármoles y bronces, y los operarios que habían vantado el hogar de los vivos, construyeron la casa de los muertos, en torno de la que plañeron cipreses y eucaliptus, árboles picudos, querellosos, que parecían rezar con el rumor trissimo de sus hojas. Allá iba en sus paseos soUtarios el viejo enriquecido; bajaba al panteón, y- -ésta para mí- -Bcía señalando las tumbas vacías; -ésta para mi hijo; ésta para su mujer; la del niño, ésta en cierto modo se confortaba con la idea de que todos dormirían juntos, inseparados, el leño de la eternidad. ¡Desgraciados los que, por no tener, ni tienen sepultural- -dijo una tarde. -Y entre el manI rumor de los árboles trasplantados, creyó oir gemidos, quejas de cadáveres insepultos, la lerella lejana de los huesos esparcidos en la soledad de los campos, en los senos del mar, andioso é implacable. Y el bueno de D. Alejo se sintió febril, excitado, y cuando llegó á su casa, á punto que lochecía, un enjambre de voladoras luciérnagas le acosaba, le envolvía en su verde fosfoscencia. El nietecillo, el único que alegraba un poco su corazón, le detuvo en la explanada. -Mira, papaíto, en el mar hay luces: yo las he visto. -Yo no. Y ¿cómo eran? -Verdes.