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Sfs. t ie ü d 2 fw i Hl 1 1 1, 4 -ap s EL CEMENTERIO DE LOS VIVOS m (i s de reglamento que hoy salgamos á la calle enlutados, con el mirar triste; que cubramos de flores y J coronas los abandonados lechos mortuorios y que encendamos lamparillas á la memoria de los seres queridos, humedeciendo en el aceite nuestros sentimientos, las afecciones más puras. Después de todo, la sociedad no nos exige mucho: un día de moda al año para llorar en público, un concurso por una vez de sentimiento al aire libre. Sin embargo, hay muchos que desdeñan, como Tenorio, ese último grano del reloj de la vida, que no aprovechan ni ese día memorable para hacer el balance de sus recuerdos, y mandan por delegación á los criados para que sientan y lloren á sus muertos por una. especie de traspaso, y las dedicatorias, las inscripciones más firmes. No te olvidaré nunca, Tu desconsolado esposo, Tu atribulado padre, se borran mucho antes en el recuerdo que en la misma piedra donde se grabaron; y es que, indudablemente, la piedra es mucho más sólida que algunos corazones. Cementerio de los vivos titulo este aiticulejo, y aunque á primera vista parece un contrasentido, es, sin embargo, cosa muy puesta en razón. Como la máxima memorable de la Casa de Salud, Ni son todos los que están, ni están todos los que son, suele ocurrir en la vida, no todos los muertos están en el cementerio. Vemos andar por esas calles todos los días multitud de cadáveres, gente que ha muerto moralmente y que sólo vive en su parte material y física. No son los más sinceros los lemas que se registran en los patios de las sacramentales, no; el dolor no acierta casi nuaca á expresarse, no tiene más que una manifestación muda, una contracción, un gesto que difícilmente se transforma. Por eso no he comprendido nunca á los poetas que en vez de llorar sinceramente sus amados seres, sus musas inspiradoras en la vida, han llorado con la preocupación de que rimase primero con tercero y segundo con cuarto; mientras se tortura la imaginación buscando un consonante, creo yo que el sentimiento se disimula mucho. ¡Y qué inmenso camposanto el cementerio de los vivos! ¡Todo el día suena sin tregúala campana de bronce anunciando la llegada de un nuevo cortejo fúnebre I Y así como en la vida material se muere dentro de un brillante muestrario de enfermedades, en la del alma se muere también por la pérdida de las ilusiones, y éstas tanibién tienen varia clasificación. En ese inmenso cementerio de los vivos vemos caer todos los días al que llora la infidelidad de una mujer, por la que vivía solamente; al padre que soñaba con un porvenir diáfano y brillante para su perdido hijo, en él que se miraba con sublime orgullo; al artista fracasado en la lucha, roto el ideal ó por la envidia ó por la indiferencia, que no llega á comprenderle y que pasa á su lado sin adivinarle; al desterrado que sucumbe por ideales generosos; todos, en íin, los que hacen culto de la esperanza, los que creen todavía que hay un color de rosa fácilmente visible, todos perecen víctimas de un caso fulminante de ilusión, la enfermedad más temible de todas. La misma sociedad, que se distingue más por asfixiar todo lo que alienta que por levantar lo caído, dice siempre de aquel que fracasa: ¿Fulano? ¡Bahl Es un hombre muerto! Y en seguida, ya se sabe, golpe de campana, y otra víctima más al cementerio de los vivos. Pero después hay que oir el panegírico. Todos se convierten en celosos defensores del caído. ¡Si hubiese acudido á mí! dice uno. ¡Yo estaba dispuesto á protegerlel interrumpe otro. ¡No somos nada! exclama alguien sentenciosamente. Pero ¿á qué seguir por esta senda de consideraciones? Todavía recuerdo de aquel conserje del cementerio que me decía la víspera de la fiesta de Todos los Santos: ¡Ya verá usted, si hace buen día, cuánta gente viene mañana! Por eso encontré muy natural la observación de una viudita de la clase de desoladas, que si llovía lloraría en casa, porque lloviendo, aquéllo se pone perdido. En fin, ¡paz á los muertos! LUIS G A B A L D Ó N