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iiliridad y It. g de su viudez, todo rodó y desapareció en un abismo de cólera y menosprecio. El retrato del príncipe fué desterrado del gabinete. Ordenó que quitaran el segundo cubierto del lugar que ocupaba constantemente en su mesa, y en el recibimiento, abierto á todas las visitas, ya no volvió á verse el bastón ni el sombrero, que tanto tiempo habían en él permanecido. Se sucedieron las fiestas en el hotel de Sora, bailes, banquetes, i Cual el cielo mudable que se despoja de noche dilatada, la princesa volvió á su esplendor antiguol Transcurrieron los días. Una tarde que se paseaba por el jardín, dijo á su adorador, que la seguía como una sombra triste: Ahora me casaré con usted cuando lo desee. Casáronse al poco tiempo y vivieron dichosos: ella dominada por una especie de furia, él trastornado y admirado por aquella súbita pasión, gozando de su dicha sin analizarla demasiado. La condesa de Ancelin estaba muy satisfecha de su estratagema. Así pasaron seis meses. Los recién casados se trasladaron al campo, á un castillo de los alrededores de París. Allí los visitó su amiga, y al verlos pasear tranquilos su dicha por el tupido césped, la baronesa, que no era precisamente muy perspicaz, les dijo de pronto: -Yo f ai quien os hice dichosos y ahora declaro que no siento mi mentira. La princesa sé estremeció bruscamente. -iCómol ¿Qaé mentira? ¡Sí, querida mía! Ahora ya puedo contarlo todo Aquel buen príncipe no tenía el alma tan negra como creísteis, y las famosas cartas contaban cinco años de fecha Por entonces aún no estabais casados. ¿Fuisteis capaz de hacer tal? -dijo la princesa mirándolos como una loca. El príncipe rauerto, olvidado, y de quien ya ni el nombre siquiera llevaba, ocupaba de nuevo el lugar perdido. Sin que mediara explicación alguna, todo acabó en el matrimonio. La princesa se encerró en su casa, y sumergida en una agonía que duró ocho días, se entregó á los remordimientos que la atormentaban. La desdichada mujer se había casado sin amor, por venganza, y como el príncipe no había sido culpable, ella se reconoció criminal para con él, avergonzándose de sí misma. Cuánta piedad para aquel recuerdo desechado tan brutalmente y que volvía con la violencia de antafiol El pobre enamorado procuraba eliminarse, sabiendo á ciencia cierta que nada significaba para ella, y que la antigua pasión, con tal vigor renacida, había matado de raíz la nueva. Hablábale la princesa con frialdad, como se habla á un extraño, asegurándole que le perdonaba, convencida de que no era. cómplice de la superchería; y como la señora Ancelin llorase en su presencia, llena de remordimientos y sin penetrar todo el alcance de SU culpa, la princesa se inclinó hacia esta alma ligera que había venido á mariposear en su. camino tan recto y tan severo, y la dijo con acento débil para que la queja pareciese censura: -Ya ves que no me desdigo... ya ves que me muero. Y afirmaba la verdad, porque su vida se extinguió lentamente. ALFONSO D A U D B T DIBfJOS DE MÉNDEZ BRINCA