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1O DO París recuerda aún el dolor de la señora de Sora cuando perdió á su marido. Tras aquellas puertas cerradas de su palacio, en aquel duelo parisiense, hubo una terrible desesperación española. La princesa se cortó el cabello, se encerró en su casa y no quiso ver á nadie. Con sus vestidos enlutados y su cabeza juvenil, parecía una novicia encerrada en un hotel, convertido en convento. Pasaba los días contemplando el retrato de su esposo, y cenaba sola, en el gran comedor, donde todas las noches se ponían dos cubiertos. El bastón y el sombrero del príncipe estaban colocados en el recibimiento, en el sitio de costumbre, como ai el dueño de eiios, alejado para siempre, acabara de entrar en su casa. Y este recuerdo indeleble de las cosas exteriores avivaba la desesperación de la pobre dama, haciendo más negros los dolores de la interminable ausencia. Del pasado torbellino de visitas, bailes, recepciones y conciertos que rodeaban su dicha de distinción y elegancia, sólo quedaba á la princesa una amiga, la condesa de Áncelin, una tiple de salón que debía á su hermosa voz la intimidad que se le concedía. Aquel dolor supremo, ruidoso é inconsolable, se exacerbaba con cualquier conversación, pero se complacía oyendo cantar. El canto ayudaba á las lágrimas. Pasaron así dos años; tan dolorosa y tan austera era la viudez de la princesa. Pero sus cabellos iban creciendo espesos y sedosos con hervores de vida, y con ellos el duelo parecía ir trocándose en regocijo, semejando la enlutada vestidura capricho de mujer elegante. Entonces fué cuando el sobrino de la señora Ancelin, viendo un día á la princesa en casa de su tía, se enamoró locamente de ella y meditó ofrecerla su mano; pero á las primeras palabras de amor indignóse la viuda, para la cual el príncipe no habla muerto: aquellas frasee carifiosaa pareciéronla una injuria, algo así como una proposición de infidelidad. Y pasó algún tiempo sin que la condesa viera á su amiga; el joven se alejó de París é intentó olvidar; pero cuando volvió mostróse tan enamorado y tan desesperado, que su tía tuvo piedad de él y determinó vencer los escrúpulos de la princesa ¿Pero cómo persuadir á aquella singular naturaleza, que nunca razonaba ni vivía sino de arranques y entusiasmos? Pensó la señora Ancelin que una pasión tan exclusiva, por fuerza había de ser celosa, y buscó á todo trance cartas antiguas del príncipe. Cosa en verdad poco difícil, porque Mr. de Sora había escrito mucho antes de su matrimonio, diseminándolo en multitud de cofrecitos y cajoncitoa cenados con llave y ocultos en los mué bles más misteriosos. Para mostrar aquellas hojas de una novela insignificante y sin fecha, la señora Ancelin tuvo el arrojo de llamar á las puertas de aquel hotel, de aquel silencioso mausoleo florido donde lloraba una estatua viva y el valor de enseñar las cartas á la viuda. Y el resultado no fué un dolor, fué más bien un terrible derrumbamiento. ¡Pobre princesita! Sus años de