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N sabio inglés, explorador intrépido que al mundo dio la vuelta catorce ó quince veces para bien de su patria y de la ciencia, refiere en sus memorias una extraña y original anécdota que á muchos que yo sé y ustedes saben les conviene, sin duda, conocerla. U Allá, del africano continente en ignota región que el sol caldea, donde una tribu de horrorosos negros vive en lucha salvaje con las fieras, fué á caer cierto día el sabio explorador de mi leyenda. Capricho de la suerte fué, sin duda, que á manos de la tribu no muriera e n p a g o á la osadía de ir á aquel sitio á colocar su tienda; el hecho fué, que con cintajos, plumas, estampas, lentejuelas y otras cien baratijas, consiguió de la tribu la obediencia, llegando á profesarle al poco tiempo igual veneración negros y negras. Tranquilo, pues, el sabio, dedicóse al estudio de la ciencia, descubriendo curiosos ejemplares en aquella feraz naturaleza. La tribu le observaba con asombro clasificar las hierbas, disecar los insectos, guardar ansioso diminutas piedras sin que jamás de su feroz instinto diesen ninguna muestra, respetando hasta el sueflo del viajero, que solía dormir á pierna suelta Una tarde, por fin, cuando anotadas tuvo ya en su cartera las mil observaciones importantes que obtuvo en sus curiosas expeiienciüs, sentóse á descansar tranquilamente al pie de un árbol, cuya copa inmensa le escudaba del sol, y al acordarse de su vieja Inglaterra, sacó varios periódicos que guardados llevaba en la maleta, y flemáticamente se enfrascó en la lectura de la prensa. Al observar los negros que se pasaba así las horas muertas, sin apartar la vista de las enormes sábanas impresas, asombráronse más que al contemplarle absorto en sus científicas tareas, y tras de mucho discurrir en vano sacaron esta sola consecuencia: -Cuando él, que es superior, lo hace por gusto, debe ser, sin disputa, cosa buena. Y de rodillas ante el pobre sabio, que tardaba en salir de su sorpresa, la tribu le pedía los periódicos valiéndose de gritos y de sefias. Comprendiéndolo al fin, y adivinando la infantil ilusión que les moviera, antes de abandonar aquellos sitios donde pudo encontrar la muerte cierta, repartió un ejemplar á cada uno del Standard, del Times... ó e qnefuera. Y desde entonces, cuando ya rendidos de entregarse á Ja caza ó á la pesca, los negros de la tribu se reúnen á hacer noche en el fondo de la selva, sacáp la colección, y á obscuras todos hacen como que leen, negros y negras. Ahora díganme ustedes si no es cierto que la anterior anécdota 86; le puede aplicar á rhás de ctiatro que leen por aquí de igual manera. FÉLIX LIMENDOUX