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cuando la algarada rayó en frenesí fué cuando triunfalmente entró en Sevilla el general P i e r r a d cuando fulminó su precia ma excitando á los federales á rechazar las tropas cen W W tralistas. K. 1 V Tfi I Con qué actividad m a r a v i l l o s a c o m e n z a r o n los aprestos de defensal No quedó piedra junto á piedra en las callee ni he W %i, rramienta o c i o s a en toda Sevilla, ni huho c i u d a d a n o viviente que no llevase adoquín ó espuerta de tierra á las barricadas; sin que se eximiesen de tan honrosa la bor pobres ni ricos, ancianos, se floras ó sacerdotes. Allí no había clases, ni edades, ni sexosl Que asomaba un levita, un cle rizonte ó una sefiorona por la esquina de la calle pues al de) futraquel ó ¡al de la tejal ó ¡á la pampringadal iQue carguen, que sirvan á los hijos del pueblol ¡Jala, un adoquín ó una espuerta! ¡Así, eso, eso! 01 él (Viva la República! Y en medio de aquella algazara de fiesta, entre palmoteos, cañas, piropos y coplas, iban subiendo los patapetos de adoquines y amontonándose por donde quiera sacos de tierra ó colchones de lana en bocacalles y barricadas. Por todas partes se oía rodar de cureñas y carros de municiones, voces de mando, tropel de voluntarios, tumultos, gritos y carreras de gentes que huían despavoridas y hallaban atajadas las bocacalles, obstruidos los caminos, cerradas todas las salidas. Con qué indecible a án se esperaban noticias de las tropas salvadoras! ¡Cuántas estupendas mentiras corrían por la ciudad! Y como no había correos ni telégrafos ni comunicación alguna con el resto del mundo, la ansiedad ahogaba toda esperanza, y los continuos sobresaltos acababan por rendir los ánimos más valientes. En aquella inolvidable noche del 27 al 28, sentíase y hasta se respiraba la inminencia del riesgo. Las horas de aquella noche no tenían sesenta minutos, se medían por siglos. Angustioso fué el despertar de la sefiá Remedios, que no veía á su Frasquito desde la vitupera, ni hallaba quien le diese noticias de él. Y como si su excitación fuera poca, aumentábanla y la exasperaban las oficiosas y levantiscas vecinas con sus provocaciones y algaradas. Por fin, no piidiendo ya dominar su inquietud, lanzóse á la calle en busca de su hijo. Pero donde quiera que echaba el pie, una patrulla, un centinela, una barricada, un arma que amagaba á su pecho, una fiera voz que le gritaba: ¡atrás! A fuerza de vueltas y rodeos llegó á la plaza del Duque, donde encontió armado de un mandoble histórico- -de los hurtados en la Maestranza, -y escoltando un carro cargado de municiones, al gran Tirabeque, un aprendicillo de la fundición en que trabajaba Frasquito. ¡Tirabeque, Tirabeque! -gritó la pobre mujer, á quien aquel encuentro sugirió una idea salvadora. ¿A onde vas, monigote, con ese espadón y esa fantesía? ¡No ponga motes, siudadanal Vamos conduciendo municiones al Baratillo. ¡Pue don Tirabeque de mi vida, llévame contigo; dirle á esos señores der carro que soy la madre der cabo Llamas! Tirabeque sabía por experiencia dolorosa que el cabo Llamas tenía I as. puntas de los pies de puro hierro, y tras breve parlamento con los conductores del convoy, logró que la madre del cabo subiese al carro de municiones. En el Baratillo vivía Mercedes, la novia de Frasquito, y la sefiá Remedios esperaba saber por ella de su hijo. A la mitad del camino atascóse el carro entre zanjas y barricadas; pero Tirabeque y Perdigón, otro federal de su talla, cumplieron como buenos acompañando á la afligida anciana hasta la puerta de la casa de Mercedes. Cuando la seña Remedios entró en ella, Mercedes lloraba acongojadísima, y su madre, la sefiá Pastora, poníale ante los ojos el índice muy tieso, como quien amenaza ó reprende. -Aunque usté perdonen, señora, aquí me trae la nesesidá- -resopló jadeante la seña Remedios. ¡Vengo buscando al condenao de mi Frasquito, que me tiene muerta! -Por causa de él no vivimos aquí- -respondió Pastora sofocada, -Póngase usté en mi caso, señora: ¡mi marío siví, y esta esaboría chalaila por un rigolusionario! ¡Ay, hija mía, más qv. e á usté me duele á mí que lo sea! que aunque probé soy honra y temerosa der Señó. Pero si es mi hijo, ¿qué jago? ¡Si le quió más que á las telas de mi corasen! Terminará en el número próximo.