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t v y, 4, i V- Á. Tíí tr, P O R LA R E P Ú B L I C A NOVELA DE DOÑA BLANCA DK LOS RÍOS DE LAMPEREZ. ILUSTRACIONES DE HUERTAS DEL CERTAMEN LITERARIO DE BLANCO Y NEGRO UN BBTAZO DE HISTOBIA EA- LA- BA- EA- RÍ, tra- la- ra- ra- ríí. Hace veintisiete años, y aún me chilla dentro de los oídos aquel maldito clamoreo de las cornetas cantonales. ¿Que si presencié ó no presencié las escenas del 73 en Sevilla? Con que las refiera como si las hubiese presenciado, ¿qué más da que las viese ó que me figure haberlas visto? Aquello, lectores carísimos, no cabe en descripciones, porque hay cosas que no reconstruye jamás la memoria, ni entran en las veinticinco letras del alfabeto, ni alcanza á pintarlas la mísera pluma, tan pobre de recursos cuando se mete por los mundos maravillosos del color, del sonido ó de las sensaciones. ¿Ustedes aciertan á explicarse lo que es todo un pueblo, toda una gran ciudad con calentura? Pues eso era Sevilla en los días de Junio y Julio de 1873. Las losas de las aceras ardían y brillaban al sol conio anchas placas de recién fundido acero, las paredes despedían vaporee de horno, las puertas de las casas exudaban goterones le savia, los llamadores quemaban como planchas puestas á la lumbre, y no había materia que no se alterase, exhalando vaho caliginoso y penetrantes olores. ¿Paréceles á ustedes demasiado calor? Pues aun había en la ciudad tres hogares que competían con ventaja con los altos hornos bilbaínos. Había tres barrios ardiendol Los de Santa Cruz, San Bartolomé y Santa María la Blanca. Y aiin más calor que el que llovía el sol y el que irradiaba la tierra, y más que el que lanzaban los formidables incendios, contenían las cabezas volcánicas de un puñado de locos, borrachos de sol, de aguardiente y de alucinaciones, que fusil en mano, machete al cinto y gorrilla colorada en la pelambre se batían como fieras en las barricadas y alborotaban como energúmenos por las calles. ¿Eran aquéllos los mismos que días antes jugaban á los soldados, con sus cartucheras charoladas sobre la blusa azul ó sobre el uniforme de crudillo con rojas vueltas? ¿Eran aquéllas las aguerridas falanjes de Carrero, el pintor adornista, de Miguel Mingorance, el barbero de la calle de Caldereros, que por más séfias ostentaba en la muestra de su tienda á entrambos lados de su nombre un pie desando y una mano colgante surtiendo sendos chorros de sangre en blancas palanganas? Aquellos mismos eran, si bien había que restar de entre los combatientes muchos, muchísimos de los que figuraron en las paradas, paseos militares y alardes lucidísimos, como aquel de la noche de la fiesta de la Proclamación en la Alameda de Hércules, donde rodeados de sartas de llamitas de gas, lucían los retratos de Castelar, Ruiz Zorrilla, Figueras, Pí y Margall, etc. etc, en torno del gran cuadro de la giganta Andandona, es decir, de una República federal que parecía pintada por algún cabecilla carlista, según era de zafia, corpulenta y ordinariota la bellaca. -La pintura digo, que con la señora República ¡guárdeme Dios de meterme! -Valiente hubo de aquéllos que tanto se contonearon en la Alameda, á quien en los días de la junsión gorda sacóle su brava mitad, á puros cachetes, del zaquizamí donde estaba zurradito de canguelo, y con la roja gorrilla guarnecida de telarañas lleváronle sus compañeros á morir sobre los adoquines de la Puerta de la Carne.