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I boca, pintada y entreabierta, deja ver los dientes de nácar y la sombra rosada del paladar. Sobre el seno más collares de perlas se escalonan, y un rubí enorme destella sangre. En los dedos resplandecen sortijas que casi los cubren. El asceta, en lugar de apartar la vista del profano objeto, ó de escupir el suelo como asqueado, fijó en la cortesana sus ojos fascinadores, de los cuales empezaron á fluir lentamente lágrimas abundantes que empapaban las mejillas y se perdían en la hirsuta barba gris. Hiriéndose el enjuto esternón con el nudoso puño, gimiendo dolorosamente, sólo exclamó, á tiempo que Pelagia le coatemplaba sorprendida: -Hermanos, ¡qué desdichado soy I Veo á esta mujer que tanto cuidado, tanta maestría, tanto acierto muestra en agradar á los hombres que consigue hacerse tan bella, tan incentiva... y pienso, hermanos, pienso que nosotros no sabemos imitar su destreza para agradar á Dios. Hagamos penitencia, hermanos míos obispos, lloremos nuestra torpeza, nuestra frialdad... No sabemos adornar nuestra alma como Pelagia adorna su cuerpo. Oremos, lloremos; dadme las disciplinas ahora mismo. Quiero sufrir para ser perdonado. Pelagia, seria, sorprendida, vaciló; quiso acercarse, pero de pronto ordenó á sus esclavos dar la vuelta, y la litera se perdió en el laberinto de calles que conducen al santuario de la Afrodita. -A la noche siguiente, Nono vio en sueños una paloma negra, cubierta de fétido lodo, que revoloteaba á su alrededor hasta que por fin, tomándola él en la mano y metiéndola en una pila de agua, aparecía blanca como la nieve, y se remontaba al cielo. A las pocas horas, en pleno concilio, presentábase Pelagia, deshecha en llanto, pidiendo con altas voces el bautismo. No era costumbre darlo á los pecadores sin pública penitencia; pero de una parte, Pelagia estaba instruida, había sido catecúmena hacía años; de otra, el efecto de la conversión de Pelagia tenía que ser fulminante en la ciudad: los últimos dioses de los gentiles rodaban al suelo hechos trizas. La alegría del asceta fué tal al reconocer á la negra paloma, que llamando á su diácono, le ordenó guisarlas legumbres con aceite y traer un poco de vino á la mesa. Los solitarios cocían su frugal sustento sin grasa ni sal y sólo bebían agua clara: el diácono se admiró. Hoy es el día más feliz de mi vida le dijo Nono. Que todo tenga aire de fiesta. Pelagia, entretanto, repartía sus alhajas y su dinero entre los pobres; daba libertad á esclavos y esclavas; se cortaba el pelo; se ponía la blanca túnica de los neófitos, y á los ocho días cabales, vestida de monje, cubierto el rostro, salía hacia Jerusalem, donde había resuelto empezar otra vida. Cuatro años después, el diácono de Nono, llamado Jacobo, quiso ir en peregrinación á la Ciudad Santa. 1 obispo le encargó mucho que trajese noticias de un joven solitario llamado Pelagio. Preguntó, en efecto, y supo que vivía en el monte Olívete, encerrado en una especie de sepultura, alimentado sólo de algunas hierbas silvestres y del agua de una fuentecilla. Acercóse, lleno de curiosidad, al refugio del solitario, y llamó. Abrióse una reja, y asomó una cara espantosa, momificada; unos labios consumidos; unos ojos grandes, devastados por el continuo llorar. Aunque el diácono se acordaba, de la hermosura de la cortesana, no pudo conocer. á aquel espectro. Creyó que era un santo peniteute y se encomendó á sus oraciones, porque las, necesitaba: su juventud bullía aún demasiado en sus venas. Pasados algunos meses, el diácono, teniendo que volver á Jerusalem, se aproximó á la celda otra vez, á fin de pedir que rezase por él el solitario. Llamó en vano; empujó la puerta haciendo saltar el débil cierre, y vio al penitente acostado en su estera, muerto, plácido, casi hermoso. Entonces no pudo menos de reconocer á Pelagia, y dando un grito se arrodilló. Desde aquel día no fué perturbado su espíritu. EMILIA PARDO BAZÁN DIBUJOS DE VÁRELA