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SANTA PELAGTA, PENITENTE 8 DE OCTUBRE m iír tiempo del ÍBsigne Marciano sucedió la conversión de Pelagia, muy famosa v l v cortesana de Anticqula, llamada por su hermosura y por sus ricas sartas la Margarita ó la Perla. Después de Maria Magdalena y de la Egipciaca, no existe pecadora- -ni Ja misma Tais- -en quien haya obrado prodigios mayores la divina gracia. Antioquía era, á mediados del siglo v, poco antes de que Oosroes la arrasase sin dejar piedra sobre piedra, una populosa y floreciente metrópoli, rival de Koma y Constantinopla, que se ufanaba con el título de Reina de Oriente. El lujo, la riqueza, el arte, la licencia, lo que en las costumbres persistía tenazmente del vencido paganismo, perduraba en Antioquía más que en Bizancio. En Antioquía se conservaba el culto enervante de la helénica Afrodita y de la fenicia Astarté; y los sacrificios de palomas y tórtolas, las guirnaldas de rosa y mirto, las ofrendas de flores de beleño maceradas en vino generoso, no escaseaban en las aras de mármol. El pueblo- -habituado á estos ritos, encariñado con fiestas que también protegían los opulentos y los clarísimos, patricios emigrados de la casi destruida Eoma á la ciudad de placer- -se oponía al celo airado de los cristianos, ansiosos de destruir los templos y derretir ó hacer afiicos las efigies de la diosa. Amotinábanse á veces en las calles, pero aún no se habían atrevido á consumar la devastación, á pesar de que los alentaba el patriarca Máximo, hostigado á su vez por los solitarios venidos de los cenobios de la Tebaida. Para deliberar acerca del remedio que podría aplicarse á la corrupción de las costumbres y á la persistencia efectiva del paganismo, convocó Máximo un concilio provincial de todos sus obispos sufragáneos. Al concilio concurrió, entre muchos, el monje Nono, obispo de Edesa en Blesopotamia. Era Kono un apóstol, desecado más aún que por el sol implacable del desierto líbico, por las extrañas penitencias á que se entregaba. Su elocuencia era de fuego; no parecía sino que había bebido las llamas del astro refractadas en los arenales, y las despedía por la boca en candentes ríos. Y sucedió que una tarde, ha- llándose el patriarca á la puerta de la iglesia del mártir San Julián, como viese venir á Pelagia muy engalanada y escoltada, á Pelagia, que con sus atractivos, sus gracias, su arte escénico y su talento adornado y brillador era la verdadera columna del ya resquebrajado templo de Afrodita, dijo al milagroso monje: Habla, Nono, siervo de Dios, á ver si abochornas á esa perra infame, por la cual posee el demonio altares é incienso en Antioquía; pues en verdad te digo que la mujer es el anzuelo del pecado, el cebo maldito con que nos engaña Satanás. Pelagia se acercaba; oíanse ya sus carcajadas frescas, musicales como arpegios, y se la veía reclinada en la silla de manos, que llevaban cuatro esclavos nublos, tocados como las esfinges y con un pañizuelo de listas á la cintura. La comedianta se reía del flaco Nono y del apuro de un joven diácono que bajaba los ojos por no verla y se desgarraba con las uñas el pecho. Merecía Pelagia, no obstante, la admiración que debe tributarse á toda bella obra divina. De mediana estatura y finos miembros, su cuerpo moreno, ceñido por angosta tánica color de azafrán, tiene la elegancia felina de las panteras jóvenes. Ligero zueco dorado calza su pie diminuto, y su pesada cabellera negra, entretejida con hilos de gruesas perlas, se desenrosca por los hombros y culebrea hasta el tobillo, donde sus últimas hebras se desflecan esparciendo penetrantes aromas de nardo, cinamomo y almizcle. Sus ojos sou grandes, rasgados, pero los entorna incitativo mohín; su í)