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En el interior del escrito no había más que estas palabras: El Príncipe de Asturias prepara un movimiento en Palacio. Peligran la corona de V. M. y la vida de la reina mi señora. Urge impedirlo sin perder instante. La firma no decía más que TTn fiel vasallo Tal impresión produjeron en Carlos IV aquellas frases, que tenían todos los caracteres de una completa sinceridad, que hizo todo lo que era capaz de hacer. Aquel día suspendió su partida de caza. IV Xal vez en esto hubiera quedado todo si de aquel anónimo no hubiera dado cuenta á su augusta esposa, que ya menos crédula, exclamó con resolución: -Es fuerza que por nosotros mismos sepamos la verdad. Y tomando por pretexto hacer regalo al heredero del trono de un tomo de poesías, publicado por aquellos días, ensalzando nuestros triunfos en Buenos Aires, se encaminaron á la cámara de Fernando, cuidando de que no fuera previamente anunciada tal visita. Por disimulado que el Príncipe de Asturias fuera, lo inopinado de aquel acto no le dejó dominar la emoción, é instintivamente trató de recoger los papeles que sobre el bufete tenía extendidos. ¿Trabajas en tu traducción de Ooniiillac? -le preguntó el monarca. -Sí, -contestó el Príncipe con una sequedad mal avenida con la etiqueta. Y como se pusiera de pie, queriendo proteger con su cuerpo aquella extraña documentación de miradas indiscretas, Carlos tuvo que apartarle, diciendo con un arranque de dignidad que le costó sabe Dios qué esfuerzo: -Como padre y como rey tengo el derecho de enterarme de lo que haces. La escena debió ser de tal modo violenta, que en ella tuvo que intervenir María Luisa, en cuyo brazo necesitó apoyarse el rey de España y de sus Indias cuando salió de aquella estancia en que quedaba preso el heredero de su trono. V De los documentos de que horas después se incautaba el marqués Caballero como secretario del despacho de Gracia y Justicia, no todos se han conservado. La más ofendida en ellos, antes madre que reina, los hizo desaparecer, olvidando que su propio hijo era el que no sólo ponía de manifiesto sus errores, sino que llegaba á extremos que la pluma se niega á estampar en el papel. Los que quedaron unidos al proceso que anunciaba en la Gaceta á propios y extraños que se instruía al Príncipe de Asturias, eran, no obstante, tales, que el ministro Caballero anunció que el acusado, por siete capítulos se hacía reo de la pena de muerte. Y sin embargo de aquella causa, para la que se mostró juez especial al gobernador del Consejo D. Arias Mon, y en que todos creyeron ver la resurrección de las célebres seguidas contra el Príncipe de Viana y el heredero de Felipe II, sólo quedó luego una retractación que también publicó el periódico oficial y se comunicó á las potencias. La delación que en ella hizo Fernando, llevó á sus consejeros á la casa de novicios del Monasterio, convertida en cárcel; pero no por eso debió de dejar de alentarlos. La prueba de ello es que la causa del Escorial tenía, meses más tarde, su epílogo en el no menos célebre motín de Araniuez. ANGBL E CHAVES D I B U J O S DE D O M I N G O MUÑOZ