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sima realidad, que quizá sólo para dos personas no acababa de caer la venda dé loa ojos. Para Carlos IV c u bondad en ésta como en otras muchas cosas no le dejaba ver claro, y para María Luisa, que si distaba muclio de ser modelo de esposas y ejemplo de matronas, no por eso dejaba de ser madre. Tal giro habían tomado, sin embargo, los asuntos, que era difícil que la ceguera durara por mucho tiempo ya. ir Una tarde de las de los comienzos del mes de Octabi- é de aquel afio, la Duquesa dé Perijáa una de las personas más probadamente adictas á las per. sonas de Garlos IV y de María Luisa, había recibido una delación que no por extraña dejaba de ser menos significativa. Francisco Petejón, cerero establecido en la calle de Toledo, frente á los Estudios dé San Isidro y que era el que tenía á su cargo el surtido de velas y bujías para el regio alcázar, hizo saber á la Marquesa qUe la casualidad le había enterado de que en la cámara del de Asturias se celebraban con frecuencia, y á las más des usadas horas de la noche, extraños conciliábulos. La Marquesa, que debía acompañar á los reyes á El Escorial, para donde salía la corte aquel mismo día precipitó sus preparativos dé viaje, y con tal urgencia solicitó ver á María Luisa, que la reina, no muy aficionada ya á aquellas alturas á que nadie presenciara las complicadas operaciones de su atavío personal no vaciló en recibirla en su camarín. La de Perijáa contó brevemente lo que acababa de saber con la voz alterada por la indignación; pero con gran sorpresa suya, cuando creyó que la reina iba á dejarse arrebatar por uno de aquellos accesos de cólera que no siempre dominaba, ésta contestó con la más perfecta calma; -Nada temas. Fernando está muy corregido. Lo mismo qüQ dices prueba que sus consejeros pierden la paciencia, y tal vez esa delación proceda de ellos mismos, buscando que una medida de rigor exaspere á mi hijo. Este, por fortuna, me consta que ha comprendido lá perfidia délos que le rodean, y sólo se ocupa en los trabajos literarios por que tanta afición muestra. Hace pocqs días leyó á su padre los primeros capítulos de la obra que esta traduciendo del francés, y tan cambiado está, que no sin razón espero que muy en breve ha de reconciliarse con Manuel. La Marquesa no se dio por satisfecha; pero como el respeto la imponía silencio, pidió permiso para retirarse de la cámara, de donde salió murmurando: -Quiera Dios que esta calma de ahora no sea presagio de que la tormenta está para estallar El via, je á El Escorial se hizo más alegre que nunca. El mismo Garlos IV, muy aliviado de la gota, estaba aquel día decidor y expansivo como pocas veces, y María Luisa, hasta allí intranquila por las fiebres tercianarias que obligaban al Príncipe de la Paz á quedarse en Madrid, había recibido antes de partir tan consolado ras nuevas del estado dé tManuel que ño estaba entonces menos contenta que su augusto cónyuge. ir n i Los primeros días dé estancia de la corte en ei iteal Sitio nerón de una calma completa. Los dos bandos enemigos pa- m recían esperar un acontecimiento previsto de antepaano, y aunque su hostilidad era evidente, estaño se manifestaba más que por una fría reserva y una circunspección que parecía inspirar el heredado recelo de los muros dé piedra de la que fué predilecta residencia de Felipe 11. En ella, Carlos IV era verdadero huésped. Dedicado desde la mañana á lá noche á su pasión única y exclusiva, la caza, sólo á comer y adormir entraba en Palacio. En cambio, Fernando apenas salía de sus habitaciones, donde hasta sus más devotos partidarios tenían difícil acceso. No obstante, los presagios de la Marquesa de Perijáa ño tardaron én cumplirse. Una mañana en que el monarca se disponía á salir como de costumbre á la vecina sierra, sorprendióle la vista de un pliego cerrado que una mano oculta había Colocado, sobre su mesa, y en cuyo sobre se leía tres veces repetida la palabra ¡Luego! ¡Luego! ¡Luego!