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PÁGINAS DÉ NUESTRA HISTORIA LA CAUSA DEL ESCORLA. L (OCTUBRE DE 1807) I fi AN divididas en enconados bandos andaban por aquellos días las servidumbres alta y baja de Palacio, i j J P qie desde los alcurniados magnates que desempeñaban los más elevados cargos palatinos, basta los marmitones que tenían el último de los oficios en las regias cocinas, no parecían ocupados en otra tarea que en espiarse y sospechar unos de otros. Difícil hubiera sido hallar en todo el alcázar persona nacida que no fuera ó fidelísimo partidario de los reyes viejos- -que así designaban á Carlos IV y María Luisa, como si ya otro más nuevo monarca hubiera, -ó arriscado f ernandista, que tal era el nombre que se daban los devotos del Príncipe de Asturias. Este, que contaba veintitrés años y estaba ya desde 21 de Mayo del año anterior viudo de su primera esposa María Antonia de Ñapóles, no había tenido por cierto mejor fortuna en lo de rodearse de consejeros, sobre todo desde que le faltaron las (si no del todo bien intencionadas) sagaces advertencias de la difunta princesa. Entregado en cuerpo y alma á las inspiraciones de hombres de tan bajo nivel intelectual como su maestro el vano y ambicioso canónigo Escoiquiz, el soez aguador de la fuente del Berro Pedro Collado, más conocido por el apodo de Chamorro, y magnates, si en mejor cuna nacidos, no por ello con más sal en la mollera ni más elevadas aspiraciones en el alma, tales como el excelente tañedor de zampona su tío el infante D. Antonio Pascual, el levantisco Conde del Montijo y el díscolo Duque del Infantado, no era fácil que por buenos derroteros tomara el que estaba llamado á sentarse en el trono de San Fernando. Si en las más de las cosas erraron de medio á medio los secuaces del de Asturias, en una sola acertaron por completo. El odio que en todas las clases sociales, y especialmen te en las populares, había despertado el tan injustificado encumbramiento de Godoy, que de simple guardia de Corpg había llegado á ser arbitro de los destinos de la monarquía, había dado tan simpática bandera á la nueva fracción, que el pueblo, con esas exageraciones á que es tan propenso, acabó por mirar al que más tarde había de ser Fernando VII como sobrenatural redentor llamado á sacar á España dé las abyecciones en que se encontraba sumida. Y sirí embargo, si con menor dosifl de entusiasmo y mayor suma de buen sentido se hubieran examinado las cosas, pocos habrían dejado de comprender que no era la llamada á redimirnos aquella cáfila de ambiciosos vulgares que no vacilaba en explotar el natural arisco y no bien inclinado del Príncipe de Asturias, haciendo que los tiros que parecían dirigidos al favorito se encaminaran con puntería mucho más alta á fines que si al respeto monárquico se hacían difíciles de comprender, el sentimiento filial trocaba en monstruosidad inconcebible. Los hechos, sin embargo, demostraban tan claramente que lo que parecía increíble absurdo era desdichadí-