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Mientras el ciego, creyendo su deber pagar la limosna, se levanta rígido, envuelto en el capotón mugriento, previene la zanfona, le arranca un melodioso mosconeo, y entona en ronca voz las más perfiladas coplas de su repertorio, de salutación y alabanza, no ceso de pensar qué será esa posada de los pobres, en la cual están seguros el viejo y la niña de pasar la noche, que ya cae derramando cenizosa neblina entre la arboleda y sobre los setos floridos, cristalizando la tierra con el rocío glacial de los primeros crepúsculos de otoño. Sidorifia, también en pie, rasca una contra otra dos grandes veneras ó conchas de Santiago, acompañando el canticio del ciego y el zumbido de la zanfona, y me cuesta trabajo que interrumpan la serenata, porque se consideran obligados estrictamente á dar, por cada perrilla, una copla lo menos. Así que logro imponerles silencio, pregunto á Finafrol acariciando sus guedejas de cáñamo tosco y enredado: -A ver, rapaza ¿qué posada de los pobres es esa? ¿No sabe? -exclamó atónita de mi ignorancia. -Es ahí, en la casa del tío Oachopal. Ahí, en el mismo lugar de Miñobre Según se baja para la carretera de Areal, á la orilla mar Antes del molino de Bréame. -La moohacha no esprica- -intervino el ciego, sentencioso y solícito. -Esto de la posada lo hay que espricar, porque los señores del señorío, ¿qué se les importa? A ellos no les hace falta, que tienen sus boenas camas compridas, con sus seis colchones para la blandura, si cuadra, y sus doce mantas si corre frío, y sus tres colchas muy riquísimas; pero al pobre que anda á las puertas, conviénelesaber dónde está seguro el tejado y el saco relleno de paja para no se moler tanto las costillas. Por el día, al ciego (y se dio un golpe en el esternón) no le falta una sombra en que remediarse con la caridad que va recogiendo de las boenas almas; y si, verbo en gracia, no tiene más que unas pataquitas crudas, tan conforme Nunca nos falten, Asús y la Virgenl Fina rol apaña ramas secas, arma f negó y asa las patatas, ó las castañas, ó la espiga tierna, ó el tocino rancio, ó lo que venga en la alforja, lo que los dinos caballeros del Señor naisericordioso nos quisieron dar... Pero luego escureee, escurece! y un hombre, aunque se quiera valer con la capa, no se vale, que la friage le entra mismo hasta la caña de los huesos. Ahí está la cuenta porque el ciego t r a puñada que sonó como en arca vacía) siempre reza por el tío Oachopal y por el alma de sus obligaciones y de su abuelo, que ya en tiempo de él era allí posada de pobres! Sí hacera para arriba de cien áñosl Esa casta de Oachopal es toda así, tan santa, que con la sangre de ellos ae pueden componer medicinas. El abuelo fué quien discurrió que tenían un cobertizo muy grandísimo y que los pobres podíamos dormir allí ricamente. El ciego (golpe á la zanfona) lleva ya cincoenta años de pedir por los caminos, y cuando no tiene cama, ¡arriba, á casa de Oachópai! Nos da un saco lleno de paja ó de yerba, y la cena, el caldo caliente Así hizo su padre, así su abuelo, así hacen él y la mujer todo el año. Que se junten veinte pobres, que se junten más, iiQ falta, el saco de paja ni el caldo de berzas. Nadie- se acuesta con la barriga yacía, cacho. Y con licencia dé usía vamos cara allá, ei) Mnajrol... que ya cai el orvalló; ya será tarde. ¡Santas y boenas noche nos dé DiosI- A la obódeúcia dé usía! La chiquilla y el ciego sé levantaron, y despacito emprendieron su caminata desapareciendo lentamente entré la neblina gris, húmeda, qué penetraba dé melancolía el corazón. Esperábales allí la caridad aldeana, la caridad tosca y sencilla y alegre de los tiempos medioevales, que ni sé anuncia en periódicos ni se premia en sesiones académicas, entré guirnaldas de discursos y derroche déretórica moral. Obscura y humilde, la familia de cristianos labradores que desde hace un siglo da posada al peregrino y de comer al hambriento, no extraña que no lo sepan sino los que lo necesitan, y tal vez llega encontrar su único placer, el interés de su obscura existencia, en la reunión de los andrajosos dicharacheros, á su manera oportunos, socarrones, expertos, enterados de todas las noticias. A dos pasos de la civilización, ahí está esa pintada taííla mística, ese hogar franciscano abierto al mendigo. EMILIA P A E D O B A Z A N