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IGLESIA DEL PILAR Y PUENTE DE PIEDRA X- TL c az OMBEK venerado, ciudad inmortal, cuna sagrada mía, con qué persistente nostalgia te recuerdo á todas horas, en todas partes, hace cuarenta afíos ¡Cuarenta años! Van á cumplirse dentro de pocos días los ocho lustros que hace que salí de tus muros, pero no he perdido nada de lo que tú me diste, ni el acento siquiera, que aragonés he sido en Madrid y en París, y en Viena y en Roma, siempre con mi Virgen en el pecho, mi tenacidad en el carácter, mi sinceridad en el alma. Zaragoza! La recuerdo tal y como era entonces, y aunque al volver á verla la encuentre mejorada, más grande, más próspera, más moderna, para mí la ciudad nativa será siempre aquélla, con sus calles estrechas por donde nos perdíamos los estudiantes cuando hacíamos marro; con sus maderos del Pilar, trinchera de las grandes pedreas; el cabezo de Buenavista, desde donde se ve la ciudad adorada, las torres del venerando templo iQué de cosas han sucedido desde entonces! Zaragoza ha presenciado revoluciones, caídas de instituciones seculares, epidemias, fiestas magníficas, y sus hijos han tomado activa parte en todos los acontecimientos, probando siempre dos cosas que les distinguen de todo el resto de España: su valor y su buen sentido. Cuando los demás españoles están todavía pensando lo que han de hacer para resolver un conflicto, para tomar una iniciativa, los zaragozanos lo han hecho ya, tan rápidos en la concepción como en la ejecución, enemigos siempre de la ingerencia oficial en sus cosas. Ellos saben que no necesitan á nadie para hacer lo que deban, y lo hacen. El carácter y la raza son los mismos de hace un siglo: pocas palabras y acción decidida. ¿Se alza España en radical movimiento por la República? Ellos son los primeros en iniciarlo y los últimos en rendirse en las calles, asombrando á los soidados, presentando el pecho á los cañones. ¿Diezma el cólera la ciudad? Los zaragozanos rechazan todo apoyo y socorro del Gobierno; las autoridades no tienen que hacer nada: ellos se IGLESIA DE LA SEO