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¡Anda, Niceto, qué güeña chica te llevas! -jMiá la novia qué maja, mialá! -iNicetol ojo con reblar! -jViva la bodal Y entre tanto los mozos, apostados por las esquinas, amenizaban el griterío con tal cual trabucazo que hacia retemblar las paredes, modo suave y armonioso de celebrar las fiestas que transmi- ten de una á otra generación aquellos descendientes de los bravos almogábares. -I Niceto 11 ojo con reblar! No hay necesidad de decir que con tales gritos y ruidos había aumentado el aturdimiento natural en Niceto, hasta el punto de que al llegar á la iglesia tuvieron que llamarle la atención para que se quitara el ancho sombrero y el cacherulo florido. Mosén Camilo, el párroco del pueblo, un cura muy alegre y decidor fuera de la iglesia, hizo formar en círculo á los de la comitiva, colocó juntos y en medio á los novios, y con voz solemne comenzó á leer la epístola de San Pablo. En el templo reinaba un silencio archisepulcral. Ninguno de los oyentes atendía á la lectura, pero todos comprendían que era llega do el momento de callar y de poner la cara de las grandes solemnidades. Las mujeres derramaban lágrimas furtivas, quizás arrancadas á fuerza de pensar en cosas tristes, y los hombres ponían el gesto tan forzado é inexpresivo como si fueran á retratarse por vez primera. Niceto, por su parte, oía el rum- rum de las palabras del sacerdote sin tomarse la molestia de escucharlas, convencido de que no las había de entender; y anonadado por lo grave de la ceremonia, sin pensar en nada ni en nadie, era su único deseo que terminara cuanto antes el acto para respirar á sus anchas. El sacerdote, concluida la epístola, varió de tono, y dirigiéndose al novio le hizo la pregunta sacramental: -Sr. Aniceto Recio, ¿queréis á la señora Quiteria Cuenco por legítima esposa, por palabras de presente, como lo manda la santa Iglesia? Al escuchar tal pregunta Niceto, se quedó mirando fijamente al cura. No podía comprender que nadie pusiese en duda su deseo de casarse con Quiteria después de las fatigas que le había costado llegai á conseguirla. Creyó que se trataba de una broma de mosén Camilo, y contestó amenizaban el grlteriu con tal cual trabucazo. sonriente: ¡Hombre, qué pregunticas tiene usté, siñó vicario! Demasiau sabe su mercé lo que hi bregao pa pódeme casar. Mosén Camilo aparentó no dar valor á ia salida de tono de Niceto, y con el mismo acento solemne, aunque más enérgico, como dejando entrever su impaciencia, volvió á preguntar: -Sr. Aniceto Recio, ¿queréis á la señora Quiteria Cuenco por legítima esposa, por palabras de presente, como lo manda la santa Iglesia? -Di que sí, di que sí, le apuntaban todos, temiendo un desenlace funesto. Pero Niceto, cada vez más convencido de la inutilidad de la pregunta, contestó con una naturalidad encantadora: Rediezll Pues si no la quisiera, ¿pa qué había de venir á cansar? V. CASTRO LES D I B U J O S DE GASCÓN -liíiedlezii Pues si no la quisiera, ¿pa qué había de venir á cansar?