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4 EL CASTILLO o derribó sus muros el golpe de los siglos. Refugio de las águilas, serpientes y vestiglos. en lo alto de las rocas se eleva el torreón, amarillento y triste cual penitente escuálido, y de la luna envuélvese con el reflejo pálido y de la mar se arrulla con la inmortal canción. Yo quiero visitarlo contigo, mi poesía; poner frente á su austera vejez tu lozanía, ver entre ruinas lóbregas tu risa amanecer. Subamos por el monte; subamos, alma mía, y llegue á mis sentidos el vaho de la ría mezclado con la esencia que emana de tu ser. Mira. L a torre sigue sobre la excelsa cumbre, y alrededor las viejas murallas sin techumbre, donde la yedra extiende su abrazo trepador, nos hablan de otros tiempos, con sus ensueños vanos, con sus sangrientas luchas de moros y cristianos, sus ideales muertos y su perdido amor. -Aún laten en nosotras- -nos dicen las m u r a l l a s calor de ardientes besos y estruendo de batallas Somos un alma en piedra, somos la historia en pie ¡Venid, venid á amaros á este recinto hermoso, que fué de otros amantes el camarín dichoso, de amantes que perdieron la vida y no la fe! -Y el mar nos dice: ¡Ay, tristes! Este rumor sonoro no es himno que yo canto, sino dolor que lloro, por las generaciones que miro desfilar; sin que jamás penetren el alma de las cosas, se estrellan ante el caos de esfinges misteriosas, y pa. san, como pasan las olas pnr el mar- -Inútiles halagos las ruinas nos ofrecen. Las olas con su eterno llorar nos estremecen, y el mundo nos reclama para luchar en él ¡Secretos de las cosas! ¿I or qué no os desciframos? ¡Misterios de las almas! ¿Por qué jamás llegamos de vuestra copa al fondo de regalada miel? Sin descubrir la historia del torreón, delante de sus gloriosas ruinas se aloja el caminante, indiferente al hondo recuerdo secular. ¡No seas, alma mía, como, él, indiferente! Si llegas donde se alza mi corazón, detente. Verás en él misterios y ruinas que estudiar! RICARDO J. DIBUJO DE REGIDOR CATAEINEU N