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í E PRIMER CONTRATIEMPO EN LA AFl ON cuánto entusiasmo comentaba y refería el pequeño Pepín los incidentes y pormenores de la corrida! Cómo el locuaz muchacho atolondraba á su hermana y á sus primos y á todos los de su casa, detallando con viva elocuencia los lances de capa y la simulada muerte de los bichos! Y sobre todo, ¡con cuánta hipérbole, una y otra y otra vez, alababa el garbo y gentileza del chulo que con chaqueta corta, calzón ceñido y cara completamente afeitada, con el pelo sobre las orejas en bien recortados tufos, era el objeto predilecto de las aclamaciones del público, espectador en la pasada capea celebrada en la plaza del pueblo, cerrada de carretas y tablones, para solaz del vecindario! Oon cuánta admiración, rayana en envidia, recordaba el pequeñuelo los habanos, más ó menos arrendatarios, que con la mar de perras grandes y chicas, amén de alguna extraviada ó insólita peseteja, de todos los lugares del corralón con honores de plaza iban á caer á los pies de aquel que, á sus inocentes ojos, aparecía como el dechado de la felicidad, logrando una inmensidad de riquezas, alcanzadas todas por su habilidad en un ejercicio que venía á ser al mismo tiempo la más bonita y pintoresca y divertida de todas Jas aficiones! Verdad es que á veces, y como alternando con aquellas alegrías, él, el mismo Pepín, había sufrido momentos de terrible susto, y angustia dolorosa oprimió su corazón cuando el cornúpeto, á los alcances del héroe, ponía en aprieto peligroso la integridad de su persona, y un grito formidable de triste impresión, lanzado por la muchedumbre que llenaba la plaza, bien claramente indicaba que algo grave podía suceder, prueba de que no sería á veces oro de ley todo aquello que á sus ojos relucía Pero siempre se mantenía brillante, halagadora y simpática en su retina la imagen de aquel hombre privilegiado que cosechaba aplausos y dinero, formidable y triunfador atleta en la lucha con las fieras; porque Pepín, pequeñuelo de siete á ocho años de edad, llevado por su padre á la capea de vacas celebrada en e! vecino pueblo con motivo de la festividad de la Virgen de Septiembre, desconocía las miserias de la vida, y guiado sólo por la impresión sensitiva que estimulaba sus aspiraciones de niño, miraba feliz y satisfecho, tanto como el matemático que arranca á los números una fórmula antes no averiguada, ó como pudiera estarlo Wellington denotando en los Arapiles al ejército délas águilas francesas, á aquel Paquillo Rana que en la plaza del pueblo daba recortes capote al brazo, y parodiaba en sus menores detalles la muerte de aquellas vacas, lidiadas para divertimiento gratuito, en celebridad del 8 de Septiembre Y nadal ¡Que Pepín se propuso á toda costa, y para en su día, ser otro héroe de la tauromaquia, tal y como concebía la sublimidad de aquella noble pelea, que tanta altura proporcionaba y tan pingües rendimientos había siempre de reportar! Porque- ¡lo que él decía á su hermana! -lo menos Paquillo Eana, con el dinero que recogió el día que yo lo vi, y que le echaban desde balcones y andamiadas, cayendo á montones y confundido con puros de diez