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W AL V. C L C I y Jií- X V Jl X j V X J. I- i. j OBEK una pequeña colina, y contigua al punto más alto de Barcelona, se eleva la grandiosa Catedral. La rodean el palacio délos Condes soberanos coa sus archivos de la corona de Aragón, la Casa del Arcediano, la de la Canonja, la Audiencia, el convento de Santa Clara y las antiquísimas torres donde hubo una puerta romana, según creo. Es el meollo de la gran ciudad; aquel barrio es el histórico, el vetusto, el típico; extraño al bullicio del comercio y vida moderna, sordo á los adelantos de la civilización, duerme el pesado letargo délos siglos, gaardando en sus sólidos muros ecos de otros tiempos, de otros hombres y otras cosas. Desde la empinada cuesta de la Canonja á las revueltas del callejón de Paradis, desde el Bou de la Plaza Nova á la plazoleta del Rey, apenas turba el silencio algiín coche que encogido y avergonzado se desliza por las estrechas callejas, donde los transeúntes se aprietan contra la pared ó se refugian en el ancho portal de algún caserón viejo. Como en barranco profundo, aparece un jirón de azul purísimo, y sobre el límpido cielo se destacan con admirable relieve los edificios de la antigua ciudad. La Casa del Arcediano convida al descanso: la penumbra del patio donde se alza gallarda palmera, tiene infinita poesía; el surtidor con sus irisados peces; la airosa y abierta escalera con su terraza circular; las ventanas góticas, en muchas de las cuales se observa fina labor de otra época. Tiene la Catedral tanta sencillez como belleza; la severidad de sus líneas, la esbeltez de sus pilares, le dan incomparable majestad; la joya gótica se ilumina apenas con algún rayo de luz que, filtrándose por los ventanales, saca de su obscuridad el olvidado nombre de alguna sepultura; nimba la cripta donde duerme Santa Eulalia ó palidece el Cristo de Lepanto, que en la nave de Don Juan de Austria vio flotar el peadón de Castilla. Conserva el claustro sus capillas, y el cuadrado, de purísimo ambiente, se refleja en el estanque, que alegran con una nota blanca los cisnes y con múltiples tonos de verde el follaje. La fuente de San Jorge mana siempre; en ella baila el huevo tradicional por Corpus Christi, mientras en polvillo de plata cae el agua en la cesta de cerezas. La primavera trae la fiesta del patrón de Cataluña; el patio de la Audiencia, aneja á la primitiva, se llena de flor fresca; abandonan las floristas sus puestos de la Eambla; la multitud atraviesa con dificultad la perfumada muralla, y al cruzar las salas y el patio de los naranjos, ven á San Jorge en la capilla ó en el magnífico tapiz del siglo IX, en que arrollando al dragón, salva á la hermosa doncella, que envuelta en luengos cabellos, guarda una actitud estática. Dejando los retratos de los Condes de Barcelona, de los Reyes de Aragón y de algunos Ooacelleres en su polvoriento olvido, la geate pasa indiferente, llevando en sus brazos el ramo oloroso y fresco. La plaza de San Roque ve anuales regocijos, brillantes festejos que conmemoran la protección del Santo en la espantosa peste de 15 Por los cercanos días, los montones de cadáveres impedían el paso; en torno de las fuentes morían loa apestados en una última contracción de dolor y de sed. Cuentan las crónicas gwe alli no nrnrió ningún vecino Las cucañas, la feria y la sardana ofrecen al diminuto santito de la hornacina su alegría y su gratitud. No está lejos la Boria, por donde bajaban los condenados á la pena de azotes; y pasando la plaza de San Jaime, las Casas Consistoriales ostentan por el lado su admirable fachada gótico- florido, con finísimas columnas de calada labor, con santos debajo de templetes de encaje arquitectónico que guarda una verja de precioso estilo. Por delante de todos estos ediScios camina el siniestro cortejo de la muerte en Miércoles de Ceniza. El de Cristo en a, queldía de luz, de música y de colores, de maceros gonfalones y heraldos, de sangrientas memorias, de refulgente custodia que preceden los gigantes, sipiibillay su compañero. En la gran plaza hay á menudo ferias; en ella las solemnidades congregan á los Nets del s Almogavars. Todos los coros juntos entonan un himno á España, y en la melodía palpita el alma del pueblo catalán. No se pierde la honda huella que dejara el genio de Clavé, y el improvisado cantor consagra las horas que señala el término del trabajo al estudio del divino arte. En noche de gala, un mar de cabezas, donde domina el rojo de las barretinas, ondula viviente. Llenan el aire las frescas notas de los tenores, las aterciopeladas inflexiones de bajos y barítonos, ola de voz humana cuyos pintorescos cantos caldea el soplo de Clavé. Son los mismos que, dispersos en la noche de Pascua, entonan melancólica alborada debajo de. las ventanas; en sus cestas, adornadas con cintas, caen los presentes; la brisa primaveral lleva armoniosos acentos á nuestro lecho, y en la sombra de la estancia una lágrima contesta á la Caramella. Mientras, Barcelona reposa coatenta de su madura belleza guardando pasadas glorias, concentrados sus re cuerdos en aquel barrio mío predilecto, sensible á esos himnos que cantan el amor, la paz y la belleza, escondiendo muertos ecos en las negruzcas junturas del muro por donde cuelga la hiedra, segura de que la moderna piqueta no turbará su serena quietud. CONDESA DEL CASTELLA